Julio Cesar por J.Lago

CAYO JULIO CÉSAR

EL MÁS GRANDE DE LOS GENERALES

escult_cesar_f_01.jpg (16704 bytes)

El término CÉSAR es universal. De su raíz latina CAESAR nacieron las palabras KAISER o ZAR (CSZAR) que han perpetuado el término muchos siglos después de que el primer hombre que lo llevara desapareciera. Y a su muerte, todos los emperadores de Roma lo utilizaron como nombre propio. Así, CÉSAR (es incorrecto decir "el César" o "los Césares" como es incorrecto decir "el Faraón" o "los Faraones", ya que son nombres propios) pasó a ser nombre propio y su uso hacía al portador ser identificado con aquel primer CÉSAR descendiente de dioses y de reyes que conquistó el mundo conocido.

Si hay un hombre grande, un hombre que se haya alzado sobre todos los demás, ése es César. Como político diseñó el Imperio Romano, como soldado es el más grande general de la Historia, como escritor es el más grande en lengua latina, como jurista promulgó leyes que son el pilar del derecho Romano, como astrónomo reformó el calendario dejándonos el nuestro actual de 12 meses y 365 días. Fue él quien al romanizar el oeste de Europa puso los cimientos de nuestra Cultura Occidental... César es el triunfo de la inteligencia, pero por encima de todo, César fue grande y él mismo supo que lo era. A pesar de ello nunca se colocó conscientemente por encima de ningún otro: Dejó que la Historia hablara por sí misma.

 

GAIUS IULIUS CAESAR o Cayo Julio César Nació el día 13 del mes que los romanos conocían como Quintilis y que a su muerte tomó su nombre "Julio". El año fue el 100 a.C. año 653 desde la fundación de Roma. Hasta su asesinato, ocurrido el 15 de marzo del año 44 a.C., César ascendió en el duro escalafón romano para convertirse en el Primer Hombre de una Roma que vivía una profunda crisis política y social que él trató de solventar aplicando su genio y su ascendiente sobre el pueblo romano.

Su esfuerzo le costó la vida, pero lo que sus asesinos no pudieron imaginar fue que su grandiosa obra habría de sobrevivirle aún 500 años tras su muerte en Occidente y 1.000 en Oriente, dando a la Humanidad el mayor legado cultural de toda la Historia: el IMPERIO ROMANO cuyo arquitecto fue César y su constructor su heredero político, su sobrino-nieto Octavio, más tarde llamado Augusto.

        Durante la primera mitad del siglo I a.C. Cinco hombres tratarían de solucionar los gravísimos problemas que amenazaban Roma.

bustos_5_grandes_01.gif (44848 bytes)

Los cinco fueron grandes soldados que comandaron los ejércitos de Roma con valor y audacia. Los cinco supieron lo que era luchar en una guerra civil y los cinco lucharon por imponer sus ideas para regenerar Roma según sus propias ideas. Sin embargo, la Fortuna tan sólo habría de conceder a uno de ellos su preciado favor.

César fue un hombre moldeado por los acontecimientos ocurridos en la Roma que le vio nacer. Una sociedad corrompida por una aristocracia egoísta que cercenaba sangrientamente cualquier perspectiva de cambio y mejora. Una sociedad en continua y sangrienta lucha sobre la que pesaban poderosas amenazas tanto internas como externas.

Cayo Mario, el "paleto de Arpinum que no sabía griego", el hombre que había ascendido uno a uno los peldaños del duro escalafón militar romano desde el sitio de Numancia y que ante el asombro del mundo entero había derrotado brillantemente en las batallas de Aquae Sextiae y Vercellae en 101 a.C. a 800.000 cimbrios y teutones. Los pueblos nómadas germánicos que pocos años antes habían infligido a Roma espantosas derrotas como la de Arausio y causado la muerte de decenas de miles de romanos. Emparentado con la gens Julia, la familia de César, por su matrimonio con su tía, la gran Julia, Mario trató de llevar a cabo un ambicioso programa de reformas que fortalecieran a Roma integrando a toda Italia en el aparato estatal, pero el Senado, acaudillado por la facción ultraconservadora, no estaba dispuesta a dejar de considerar todo lo que se extendía más allá de las murallas de la ciudad como su finca particular. Ya que en aquellos años, los pueblos italianos no gozaban de la ciudadanía romana, sino que eran considerados aliados. En realidad, siervos de Roma.

Y estalló la guerra entre Roma e Italia. Una guerra en la que Mario impuso su grandioso genio militar derrotando con su espada a aquellos a quienes, paradójica y dolorosamente, había defendido con sus ideas. Así fue Cayo Mario cónsul por séptima vez, pero el viejo soldado no pudo esta vez celebrar su victoria ya que moriría poco después en Roma, viejo, casi inválido, cansado y completamente desengañado de todo. Pero su obra la continuaría su fiel seguidor Cinna, cuya hija Cornelia se casó con el joven Cayo Julio César en 84 a.C. y así, César fue nombrado flamen dialis o sacerdote de Júpiter a la edad de 16 años.

Fue entonces cuando Lucio Cornelio Sila, uno de los más queridos lugartenientes de Mario, traicionó la legalidad uniéndose a los derrotados reaccionarios, para alzarse con el poder invadiendo Italia desde Asia, donde mandaba las legiones que debían combatir a Mitrídates. Sila fue el primer general romano que utilizó su ejército para conquistar el poder. No sería el último. A la cabeza de sus legiones desembarcó en Italia y conquistó Roma a sangre y fuego. Su gobierno ha quedado grabado con sangre en la Historia como uno de los más despiadados y tiránicos que han asolado el mundo occidental. Millares de personas fueron ejecutadas sin juicio y sus bienes "incautados" por las bandas de esclavos armados a las órdenes de Sila que recorrían Italia sembrando el más negro terror. El joven César, a pesar de estar considerado como el aristócrata vivo de más rancio abolengo de Roma (su árbol genealógico llegaba hasta la propia diosa Venus, según las tradiciones romanas), con tan sólo 18 años, se enfrentó valientemente al tirano provocando el estupor en Roma. Sila, que había exterminado a toda la oposición, ya no tenía ni un solo enemigo vivo en Italia e incapaz de terminar con el terror, comenzó a ordenar rupturas de compromisos y divorcios. Así ordenó a César que se divorciara de su esposa Cornelia, pero César contestó al mensajero la famosa frase "Dile a tu amo que en César sólo manda César" y se negó a divorciarse.

El tirano encolerizó ante tal osadía y ante el estupor de sus propios partidarios condenó a muerte al joven. Envió a sus asesinos con órdenes de traer su cabeza clavada en una lanza, pero César, alertado por los propios amigos de Sila horrorizados, huyó de Roma a pesar de estar gravemente enfermo de fiebres. Durante semanas se ocultó en los bosques, atendido y protegido por aquellas sencillas gentes que veían en aquel joven fugitivo débil y enfermo al digno sobrino del gran Mario.

Aquella villanía cometida contra un joven que no había participado en la guerra conmovió al Pueblo Romano que vio que ni la edad ni el altísimo cargo sacerdotal ostentado por el joven frenaban la sed de sangre del enloquecido tirano. Las enormes presiones del pueblo y parte de la aristocracia sobre Sila, presiones que la madre de César, Aurelia, supo manejar magistralmente en favor de su hijo, consiguieron que el tirano le perdonara la vida, no sin antes exclamar una frase que pasaría a la Historia ante los nobles que le suplicaban por su vida:

"Alegraos con su perdón, pero no olvidéis lo que os digo, porque un día ese joven de aspecto indolente e inofensivo causará la ruina de vuestra causa. ¡Hay muchos Marios en César!"

César aprovechó la ocasión para pedir a Sila que le destituyera de su cargo de flamen dialis, un cargo que el ambicioso joven consideraba que le ataba de pies y manos en su carrera, cosa que Sila aceptó encantado, ya que César, aunque miembro de la más antigua familia romana, no tenía bienes suficientes para ser senador y si dejaba el sacerdocio, tendría que dejar también su escaño en el Senado de Roma. Así César descendió en el escalafón de clases de Roma del orden senatorial al orden ecuestre. Y para quitárselo de encima, Sila lo envió como oficial al ejército de Minucio Termo que combatía en Oriente. En este destino, el joven y dulce joven asombró a todos ganando la famosa corona civica (la más alta condecoración romana al valor) en 81 a.C. durante el asalto a los muros de la ciudad de Mitilene. Con lo que César regresó a Roma tras la muerte del tirano ingresando inmediatamente en el Senado gracias, paradójicamente, a una ley de Sila por la que cualquier miembro del orden ecuestre ganador de la corona civica pasaba automáticamente a ocupar un escaño en el Senado. A partir de ese momento, César consagró su vida a continuar el proyecto reformista de Mario cuya meta era el saneamiento social de Roma. Y en este punto de nuestra historia ocurrió un famoso acontecimiento que muestra claramente el carácter de César.

Viajó a Rodas para aprender retórica y oratoria junto al sabio Molón y en el viaje de vuelta en 75 a.C. fue apresado por los piratas cilicios. Al ver que era un joven aristócrata sin importancia, el caudillo pirata le menospreció comentando que por aquel joven insignificante no conseguirían ni un rescate de 20 talentos de plata (cada talento equivale a unos 27 kilos). César, que consideró aquello un insulto a su dignitas, se encaró con el jefe pirata ante el asombro de todos contestándole que él era descendiente de la diosa Venus y que por su rescate se pagarían 50 talentos, lo que fue acogido por los piratas con carcajadas, y el jefe pirata le advirtió que si no se pagaban los 50 talentos le crucificarían, a lo que César respondió: "Te pagarán, no temas, pero después serás tú el que temerás, ya que volveré para crucificarte a ti y a todos los tuyos". Lo que causó aún más risas. Y mientras sus sirvientes partían hacia Roma, él se quedó en aquella isla con sólo un esclavo causando la admiración entre los piratas por su valor. Por la noche, les recitaba discursos y si los piratas no los entendían les acusaba de ser unos patanes criminales. Mientras, la madre de César, Aurelia, consiguió trabajosamente la enorme suma y pagó el rescate. Cuando César fue puesto en libertad fue a ver al gobernador romano para pedirle que actuara de inmediato contra los piratas, pero éste no le hizo caso (César aseguró durante el resto de su vida que aquel hombre estaba evidentemente sobornado por ellos), así que se fue a ver a los armadores de la zona, a los que convenció para que alistaran una flota que él guió hasta la guarida de los piratas a los que sorprendió y tras vencerles ordenó que todos fueran crucificados. A partir de entonces, nadie volvió a poner en duda la palabra de Cayo Julio César.

Tras su regreso a Roma, César se dedicó a ascender peldaño a peldaño los escalones del Cursus Honorum romano, granjeándose el afecto del pueblo y el odio de la mayor parte de la aristocracia y convirtiéndose en el abogado azote de los políticos corruptos al llevar a juicio a aristócratas considerados hasta entonces "intocables". Su apoyo a las demandas del pueblo le convirtió en el enemigo de toda la nobleza corrompida y reaccionaria que ocupaba el Senado, pero César, fiel a su compromiso con el pueblo, prosiguió su carrera. En 74 aC fue elegido pontífice, en 68 aC fue elegido cuestor militar en España, donde su excelente trabajo le granjeó la admiración de la población. En 65 aC fue elegido edil curul, cargo que equivale al nuestro de alcalde y en 64 aC fue elegido cuestor judicial, magistratura equivalente a nuestra fiscalía.

En el año 63 aC tuvo lugar la famosa Conjuración de Catilina (ver el debate correspondiente del Foro de Debate de esta página web). El cónsul senior, Marco Tulio Cicerón, amparándose en el Senatus Consultum Ultimum, ordenó la ejecución de cinco presuntos conjurados, a lo que César se opuso en el Senado, siendo el único que defendió que los acusados tuvieran un juicio justo como ciudadanos romanos, pero prevalecieron los oscuros intereses y los cinco detenidos fueron asesinados por orden del Senado sin juicio. Frente a un estado que se decía "republicano", César encarnó aquí el Derecho y la Ley frente al abuso de poder constante de la casta oligárquica romana, los optimates, que se llamaban a sí mismos los "boni" (los buenos).

El odio que los optimates ya le tenían a César creció tras este incidente, pero él continuó su carrera de una manera increíble: echando los dados al aire y jugándoselo el todo por el todo presentando su candidatura a Pontifex Maximus (máximo sacerdote de Roma), un prestigiosísimo cargo que habitualmente se disputaban los más fuertes miembros de las más poderosas familias optimates. César se la jugó, trataron de sobornarle para que retirar su candidatura, le amenzaron de muerte, pero él continuó confiando en que la diosa Fortuna le arroparía. El día de las elecciones, con sus enemigos armados esperando en el lugar en el que había de celebrarse la votación, César se despidió de su madre Aurelia con la siguiente frase: "Madre, hoy verás a tu hijo muerto en el Foro o vistiendo la toga del Sumo Pontífice". Y César regresó a su casa vestido con la famosa toga picta, la toga sacerdotal de franjas púrpuras y escarlatas.

En 62 aC presentó su candidatura a la pretura ganando las elecciones con el mayor número de votos y siendo designado praetor urbanus, jefe de magistrados de Roma en 62 aC. El año siguiente ejerció la propretura, un mando militar en la Hispania Ulterior, donde llevó a cabo una brillante campaña en las costas de Galicia y el norte de Portugal combinando ingeniosamente los desembarcos anfíbios con ataques por tierra y demostrando una aún pequeña parte de su increíble talento militar.

Y así hasta alcanzar la más alta magistratura: el consulado ganado el año 59 a.C. tras una aplastante victoria en las elecciones con el apoyo de Craso y Pompeyo, los dos hombres más poderosos de Roma a los que consiguió unir en un proyecto común (el famoso Triunvirato) cuyo objetivo era reformar el sistema desde dentro.

Su año de gobierno constitucional fue un auténtico terremoto en el que sentó las bases para las grandes reformas políticas, económicas y sociales que Roma necesitaba, creando un cuerpo de leyes que sería la base del Derecho Romano y legislando una reforma agraria para dar tierras públicas a las familias más pobres, cosa que le granjeó aún más odio de un Senado compuesto por terratenientes. En 58 a.C., marchó a ejercer su mando como procónsul de la provincia romana de la Galia Cisalpina, zona que actualmente ocupa el norte de Italia. Esta provincia era una pequeña porción de las Galias, un enorme territorio que abarcaba lo que hoy es Francia, Luxemburgo y Bélgica y que tenía más guerreros en edad de empuñar las armas que habitantes toda Italia. Allí César habría de contener en su primer año de mandato, en 58 a.C. las sucesivas invasiones de helvecios y germanos que pretendían invadir Italia. En una increíble campaña relámpago exterminó a los helvecios y aplastó la ofensiva germana. Sin embargo, César comprendió que sólo una Galia unida y fuerte podría contener a los germanos y al pretender unir a todos los pueblos galos bajo la tutela romana, para asegurar la defensa de Italia, éstos se levantaron en armas contra César.

Ocho años tardó César en pacificar toda la Galia, combatiendo además a los germanos más allá del Rhin y a los británicos más allá del Canal de la Mancha, pero tras ocho durísimas campañas, pudo declarar ante el asombro del Senado y del Pueblo de Roma que toda la Galia estaba conquistada.

En esos ocho años, César había combatido ininterrumpidamente contra más de 3.000.000 de guerreros helvecios, galos, germanos y britanos. 1.000.000 de ellos murieron. 1.000.000 fueron hechos esclavos. 800 ciudades fueron conquistadas. 300 naciones sometidas.

Los efectivos romanos nunca superaron los 50.000 hombres.

Si el triunfo de Alejandro Magno impresiona por el gigantesco territorio conquistado, el de César lo hace por las increíbles cifras antes expuestas y por las enormes consecuencias que para la cultura occidental tuvo la conquista y romanización de los territorios de las Galias y las Islas Británicas.

Jamás en la Historia un general había conseguido un triunfo de tal magnitud.

Sin embargo, este soberbio éxito, disparó todas las envidias y rencores de la aristocracia dominante en Roma. Las conspiraciones de sus enemigos conservadores le cerraron todos los caminos posibles, llegando a acusarle de traición y pidiendo públicamente su condena exilio. Muerto Craso en el desastre de Carras, Pompeyo, irritado por la creciente gloria militar de César, se pasó al bando aristocrático que pretendía acabar con César por medios completamente ilegales, obligando a César a marchar sobre Roma al frente de las legiones a las que durante ocho años había conducido, de victoria en victoria por toda la Galia. El 13 de enero de 49 a.C. César cruzó el río Rubicón (frontera entre su provincia e Italia). No obligó a nadie a seguirle, pero sus hombres respondieron como un bloque y secundaron a su general. "¡Vayamos allá donde nos llaman los dioses y la injusticia de los hombres! ¡La Suerte está echada!" fue el grito de guerra de César, al que sus legionarios contestaron con el celebérrimo de

¡O CÉSAR O NADA!

leg_mapa_campanas_05.gif (23356 bytes)

Mapa de las campañas de César. Las flechas de color blanco corresponden a la campaña de España, Las amarillas a la de las Galias. Las verdes a la de la Guerra Civil. El contorno rojo señala la máxima expansión territorial de Roma.

Tras su victoria sobre Pompeyo, en 46 a.C. César celebró 4 triunfos en Roma conmemorando sus victorias. Tras 12 años de continuas campañas desde el sur de Inglaterra hasta Asia Menor, las legiones de César habían completado la más importante y duradera campaña de conquistas de toda la Historia.

Tras ello se propuso un ambicioso programa de reformas para sanear las corrompidas instituciones, mejorar el gobierno de las provincias, dar acceso a los habitantes de éstas a la ciudadanía romana, mejorar el sistema de impuestos, etc. Los optimates, hartos de tales proyectos, aterrados ante la posibilidad de reformas que alteraran su estatus oligárquico, decidieron acabar con todo de una vez.

El 15 de marzo de 44 a.C. César fue asesinado en la curia del Senado por esa aristocracia envilecida que pretendía convertir el mundo en su finca particular. Los conjurados eran los mismos que habían provocado la Guerra Civil y que, tras su derrota, se habían arrastrado ante él suplicando por su vida. César no tomó ningún tipo de represalias contra sus enemigos a los que incluso mantuvo en sus cargos. Tras la batalla de Farsalia ordenó quemar todos los archivos de sus enemigos sin querer leerlos y perdonó a todos los que habían luchado contra él. Su piedad le costó la vida.

El heredero de César, su sobrino-nieto Octavio, que pasaría a la Historia con el nombre de Augusto, no cometió el mismo error. Vengó su asesinato destruyendo a sus poderosos enemigos en la batalla de Filipos, exterminándolos a todos y continuando la obra que César comenzara y que habría de convertir al Imperio Romano en la más importante obra política, social, cultural y militar de todos los tiempos.

Su obra político-militar quedó reflejada en los Comentarios de la Guerra de las Galias (Comentarii de Bello Galico) publicados en 51 aC y los Comentarios de la Guerra Civil (Comentarii de Bello Civile) publicados en 45 aC, dos obras literarias que convierten a César en el más grande escritor en lengua latina. Son su testamento político y el relato de la campaña de conquistas fundamental de la Historia, un relato que él escribe en tercera persona, como si fuera un mero espectador de los hechos que describe con su apasionante genio.

César es un constructor, uno de esos raros ejemplos de la Historia en que un hombre solo afronta la tarea de remolcar al resto del Mundo liderándolo con su genio personal. De todos los que lo han intentado a lo largo de la Historia sólo él lo consiguió. Alejandro Magno, Julio César, Carlos I de España y Napoleón Bonaparte trataron de convertirse en el punto de inflexión personal a partir del cual se generaría una nueva época histórica. Todo el costoso Una nueva época basada siempre en un sueño personal de grandeza en la que el líder acaudilla un proyecto universal que engloba a todos los pueblos bajo un único destino común. Estos cinco hombres tuvieron los medios suficientes para intentarlo. Otros sólo pudieron hacerlo a escala mucho más reducida, como Carlomagno, pero los que tuvieron los medios necesarios para alcanzarlo fueron estos cinco. De ellos, tan sólo César lo consiguió, hizo triunfar su proyecto y ni siquiera la muerte se lo impidió, aunque su obra fue distorsionada por sus sucesores (como siempre pasa). Entre estos cuatro hombres hay muchos puntos en común y muchos que los diferencian. Los cuatro trataron de construir un futuro cuya piedra angular era su genio personal. Los cinco partieron de una guerra que afirmara su supremacia y poder desde el que construir su sistema.

Alejandro Magno lo intentó fusionando la cultura griega con las orientales, contaba con la supremacía cultural griega, pero no tenía ninguna base política, por lo que su empeño estaba destinado al fracaso, aunque no vivió para verlo.

Julio César llevaba bien aprendida la lección y además tenía un soporte cultural homogéneo y un soporte político único en su proyecto de Imperio Universal. Su proyecto se basaba en la asimilación de la cultura greco-romana por parte de todos los territorios en su poder, un proceso lento que dió sus frutos al homogeneizar culturalmente tierras de tres continentes, lo que permitió a Roma sobrevivir quinientos años más en Occidente y mil en Oriente tras la muerte de César.

Carlos I de España, emperador de la Cristiandad, trató de unir a los estados católicos para afrontar la amenaza protestante que se acababa de desatar, pero en la primera mitad del siglo XV los reinos familiares europeos medievales ya habían evolucionado a la moderna estructura de auténticos estados nacionales

Napoleón Bonaparte se jugó todo a la carta de la guerra y la perdió, por las mismas razones por las que fracasó el proyecto del emperador Carlos. Napoleón no consiguió imponer su nueva Europa salida de la Revolución Francesa al no comprender la importancia de las nacionalidades en la Europa del siglo XIX. Naciones que plantaron batalla a lo que pensaron (con buen criterio) que no era más que una coartada de Francia para hacerse con toda Europa.

El empeño constructor de César fue respaldado por su inmenso genio político y militar para dejar a sus sucesores los cimientos de su sueño. Un sueño que, si bien no pudo ser construido como él hubiera deseado, sirvió para transmitir la cultura griega a todo Occidente, llevando a Roma a unas cotas de esplendor, poder y riqueza tanto militares como sociales o artísiticas que la Humanidad tardaría más de mil años en acercarse a igualar siquiera.

Ése es el legado de Julio César, el legado más importante que hombre alguno ha dejado en toda la Historia.

Anabasis

Anabasis significa expedicion,es el libro conocido como la expedicion de los 10000.
Jenofonte fue un mercenario griego que formo parte de ese viaje al imperio persa,ya que fueron contratados para desbancar al rey por un presunto futuro usurpador del trono,aunque esto no ocurrio(fueron traicionados y eliminaron a su estado mayor) y los 10000 quedaron solos y sin protector en el corazon de ese territorio enemigo,teniendo que volver a su patria luchando y cruzando miles de kilometros para ver sus hogares.
Lo cuenta el propio Jenofonte que fue discipulo de Platon,y a decir de los expertos con gran habilidad literaria.Es un fresco de la vida en esa epoca(valia muy poco)y una gran ayuda a la hora de conocer la orografia de esa region en epoca tan remota(V a.C.).Recomendado como texto en la universidad.
Es un libro de aventuras,un testimonio y un libro de historia¿Quien da mas?

Causa guerra civil en Roma por J.Lago

LA GUERRA CIVIL:

Las causas

 

Las causas de la guerra civil que enfrentó a los populares y a los optimates romanos han sido objeto de gran debate debido a esa tendencia a enredarlo todo que solemos tener.

En realidad no hay una causa sino muchas. Las guerras civiles, los españoles lo sabemos bien, no estallan de buenas a primeras, sino cuando el barril está repleto de pólvora y cien manos aplican fuego para que estalle. Las guerras civiles son el triste y sanguinario desenlace de mil errores acumulados a lo largo de años y de los intereses de unos y otros, quienes quiera que sean, que llegado el momento crítico, la reciben como el paso definitivo hacia su victoria.

La Guerra Civil no fue el enfrentamiento personal entre César y Pompeyo que los historiadores antiguos, modernos y contemporáneos hasta el siglo pasado nos han querido vender. Ninguna guerra estalla porque dos hombres se enfrenten, pero queda muy bien contarlo así, muy romántico y peliculero, pero nada real. La Guerra Civil que convirtió a la enferma y decadente República de Roma en el Imperio Romano de los Julio-Claudios, paradigma de fuerza, poder, equilibrio y paz, tuvo varias causas fundamentales. Cada uno tiene su teoría, la mía, que voy a tratar de sintetizar lo máximo posible, es ésta:

 

LAS CAUSAS POLÍTICAS

Dijo Clausewitz que la guerra no era más que la continuación de la política por otros medios. En esto tenía razón y la Guerra Civil que nos ocupa es un claro ejemplo. Si consideramos que la política romana de los últimos años de la República se basó en la relación entre Pompeyo y César, la guerra no fue más que la continuación de esa relación, ahora ya no en los despachos, sino en el campo de batalla. Esta puede ser una buena introducción, pero evidentemente no explica el trasfondo político de la situación. Pompeyo y César fueron los principales actores, pero la obra que representaron era mucho más que dos actores en escena ya que ambos sólo fueron las figuras que polarizaron la situación política que afectaba a toda Roma. La situación política de la Roma de la primera mitad del siglo I aC no era nada envidiable. El secular enfrentamiento entre las dos facciones en las que se dividían los romanos, populares y optimates, ya había generado una guerra civil cuyos líderes fueron Mario y Sila.

Los optimates eran el grupo de la casta dirigente que llevaba en el poder desde los tiempos de Rómulo y que no quiere que cambie nada porque cualquier cambio lo consideran un peligro para sus privilegios adquiridos a lo largo de siglos. Ultraconservadores de palabra y acción, este grupo estaba acaudillado por mezquinos personajes para los que el interés de Roma siempre coincidía con el suyo propio. Eran corruptos, soberbios y pretendían gobernar un imperio a base de esquilmar a la población sin importar nada más que sus propios intereses.

Los populares eran lo opuesto: defendían la integración de los pueblos en el sistema romano, empezando por los pueblos italianos sometidos por Roma y una mayor democratización de las instituciones, que estaban secuestradas por los optimates. No es que fueran un grupo de santos, ni mucho menos, pero se habían dado cuenta de que Roma se había estancado en manos de unas pocas familias senatoriales, endogámicas tribus que tenían el control impidiendo el paso a la sangre nueva que ellos representaban.

Hay que tener mucho cuidado, ya que estos dos partidos o grupos políticos no son identificables con partidos al uso moderno ni sus ideologías pueden reducirse a "derechas" o "izquierdas". Cierto es que los optimates eran ultraconservadores y los populares reformistas, pero las modernas acepciones políticas de hoy en día no puden ser utilizadas para estudiar algo que ocurrió hace más de 2.000 años.

La primera guerra civil entre Mario y Sila fue el resultado lógico del enquistamiento al que las pretensiones de los populares y la cerrazón de los optimates había conducido a toda Roma. La victoria de Sila se rubricó con escalofriantes matanzas, purgas, persecuciones y demás refinamientos propios de la tiranía sin tapujos que este monstruo impuso. Los populares fueron despedazados, pero uno de ellos, un joven sin importancia que no había participado en la guerra, logró salvarse de la persecución y quedó como la cabeza visible del partido popular. Era César, el sobrino de Mario. Un joven que inmediatamente tomó conciencia de cuál era su herencia política y se dispuso a reanudar la causa popular tomando en sus manos los destrozados restos de la causa popular en un momento en que la derrota parecía definitiva. La tiranía de Sila convirtió a Roma en el negocio privado de los optimates sin posibilidad alguna de contrapeso institucional. La casta dirigente quedó empotrada en el poder a presión, con todos los resortes en sus manos mientras la oposición se pudría en los cementerios o languidecía en el exilio. Roma era ya oficialmente una finca privada gestionada a capricho por los optimates sin posibilidad de que nadie se les opusiera. O al menos eso creyeron ellos en su supina ignorancia, porque de sus propias filas, de lo más selecto de la nobleza romana, había salido el hombre que habría de destruir aquel sistema. César, sin apoyos poderosos (los que hubieran podido apoyarle habían sido asesinados por Sila) y sin dinero, escalaba peldaño a peldaño el cursus honorum con rumbo fijo. En esa escalada encontró a Pompeyo y a Craso a punto de liarse a hachazos entre ellos, pero César consiguió convencerles de que la unión hacía la fuerza, con lo que se formó el famoso Triunvirato. César y Craso eran amigos, y a Pompeyo, César lo ató dándole en matrimonio a su hija Julia. Esta alianza posibilitó la llegada al consulado de César, respaldado por el enorme prestigio de Pompeyo y el oro de Craso. El consulado de César estuvo marcado por las leyes a favor de los intereses del pueblo y de los verdaderos intereses de Roma, que no eran, ni mucho menos, los de los Bíbulo, Catón, Cicerón y demás sinvergüenzas. Parecía que por fin las reformas podían hacerse legalmente: "desde dentro".

En aquella Roma, la estructura social aún se basaba en el concepto de tribu o gens, pero con el paso del tiempo y sobre todo con el crecimiento de la población que había convertido las tribus en macrotribus, en una misma gens podía haber varias facciones (hubo Julios que combatieron con César y otros que lo hicieron con Pompeyo), por lo que cada cabeza de familia se buscaba su propia facción a base de mantener una clientela de fieles acólitos. El factor personal influía mucho, como podemos deducir, y la depresión de Pompeyo tras la muerte de Julia, la muerte de Craso y su creciente envidia hacia los espectaculares triunfos militares de César en las Galias, fueron determinantes para que Pompeyo se cambiara de chaqueta y se pasara a los optimates. El equilibrio de poder político estaba roto y los optimates se dedicaron a apretarle las clavijas a César con una serie de ilegalidades vergonzosas cuyo fin era la destrucción de César y de su programa político. Con el control de Roma en sus manos, estos tipos no dudaron en empujar a César hasta el borde mismo del abismo. Declararon nulas las leyes por él promulgadas legalmente, le acusaron de traidor e incluso el demente Catón propuso que fuera capturado y entregado a los germanos, y por si aquello fuera poco hasta se le quitó la ciudadanía romana a sus legionarios...  No es extraño que ante esta situación histérica, César decidiera que aquella banda de canallas redomados no podía seguir gobernando Roma. El cruce del Rubicón que inició la Guerra Civil fue el resultado de una situación de emergencia política en la que la legalidad ya no existía. ¡Pero no existía desde muchos años atrás!, cuando las maquinaciones de los optimates convirtieron la República en un juguete en sus manos. Los optimates, que se llamaban a sí mismos los "boni", los buenos, tenían el control del Senado y con él la posibilidad de gobernar a su antojo, incluso para dar un golpe de estado en toda regla con el famoso Senatus Consultum de Republica Defendenda, el famoso SCU, que permitía una dictadura en toda regla saltándose a la torera toda la legalidad. La actuación de Cicerón y sus amigos en la conjuración de Catilina, asesinando a ciudadanos romanos sin juicio previo, es el paradigma de a lo que un estado enfermo como era la República de Roma puede llegar para salvaguardar los viciados intereses de la casta dirigente pasándose por el forro de sus caprichos sus propias leyes por ellos mismos promulgadas. Ni siquiera seguían sus propias normas cuando éstas les perjudicaban. En aquella Roma no quedaba ya indicio alguno de legalidad, ni siquiera de la legalidad que habían creado los propios optimates, ya que cuando ésta no les convenía la anulaban sin mayor problema ni menor vergüenza. Evidentemente, ante una situación tan crítica como aquella, no es de extrañar que pasara lo que pasó.

...Y lo verdaderamente extraño es que no se liara antes.

Y precisamente ése fue el gran logro de César. Julio César no tenía nada en común con el tirano carnicero Sila de cuyas ensangrentadas fauces escapó por los pelos. La idea de César era reformar el sistema desde dentro, desde la legalidad. Su idea es muy parecida a la que se puso en práctica en España tras la muerte del general Franco al llevar a cabo una TRANSICIÓN a la democracia desde dentro del propio sistema. La TRANSICIÓN española aseguró la llegada pacífica de la democracia y el nuevo régimen basado en la monarquía constitucional que sirviera de equilibrio entre los poderes. Creo que la idea que César tenía del futuro de Roma tras la Guerra Civil era muy parecida a lo que se puso en práctica en España. Era evidente que el viejo sistema político romano había fracasado conduciendo a Roma a dos guerras civiles y a múltiples traumas internos y aquí puede estar la causa del odio con que se acometió el asesinato de César por parte de los conjurados. El fracaso de los optimates, convertidos en una casta vil que sólo buscaba su enrriquecimiento personal no podía ser el fracaso de Roma. César no iba a permitir que los optimates se hundieran arrastrando con ellos a Roma. El sistema de Sila había sido forzado por los Cicerón y Catón de turno provocando el rechazo de la mayor parte del Pueblo Romano, incluido el orden ecuestre, los equites, que había sido liderado por Craso y que se unió a César sin titubeos en esta revolución.

Una revolución reformista acaudillada por el noble de mayor rancio abolengo de toda Roma contra la reacción ultraconservadora de los Pompeyo, Catón y Cicerón, que por no ser no eran ni romanos de pura cepa. Curioso, ¿no? El mundo al revés.

 

LAS CAUSAS ECONÓMICAS

¿Una revolución burguesa? ¿Existen paralelismos con la Revolución Francesa? salvando las distancias (que son muchas) sí que existen al menos conceptualmente. Ambas revoluciones presentan un alzamiento contra una casta dirigente noble enquistada en el poder. Los promotores del alzamiento en ambos casos (mejor digamos los beneficiados por la revolución) representan a sectores económicos y políticos reformistas: los burgueses en Francia y los caballeros del orden ecuestre o equites en Roma. En ambos casos, burgueses y equites, tenían el poder económico de Roma en sus manos, pero no el político. Y en ambos casos, la nobleza, que nada aportaba, les esquilmaba con sus impuestos y sus tonterías. Evidentemente en Roma los equites vivían mucho mejor que los burgueses franceses, pero ambos grupos tenían algo en común: la frustración de ser los que alimentaban el motor nacional, pero excluídos de sus órganos de dirección.

Craso, líder natural de los equites, la casta que manejaba los negocios en Roma, lo vio claro desde el primer momento y no dudó en poner todo su poder financiero al servicio de su joven amigo César. Es muy posible que Craso odiara aún más de lo que nos imaginamos a los optimates (aunque nos sea difícil imaginar más odio que el que Craso les tenía a estos tipos), y en este odio visceral no podemos leer sino todo el compendio de agravios a que el orden ecuestre había sido sometido por los optimates. Evidentemente los equites no eran ¡ni mucho menos! unos santos (aquí nadie lo es) y buscaban sus intereses propios. Lo que hace a César realmente Grande es que fue el único que se dio cuenta de cuál era la solución al problema: unir todos los intereses para que todos juntos tiraran del carro en una misma dirección. Lógicamente, para conseguir esto había que recortar, y los optimates serían los que más recortes habrían de soportar (ya que eran los que más tenían). Estas parcelas de poder que César quería quitar a los optimates sólo podían ser ocupadas por los equites, que eran los que más iban a ganar con el cambio de sistema, como de hecho sucedió: con Augusto multiplicaron su poder, así que es fácil pensar lo que hubiera ocurrido con César de no ser asesinado. Las luchas de poder entre los órdenes ecuestre y senatorial que se produjeron en el Alto Imperio, casi siempre en la sombra, aunque con episodios como los de Sejano fueran más relevantemente públicos, eran una consecuencia lógica del nuevo sistema al que Augusto nunca dio carta legal, pero admitió de facto y que alcanzó su equilibrio en tiempos de los dos primeros Flavios.

En tiempos de César todo esto aún estaba por llegar (de hecho tardó más de un siglo), pero está muy claro que se intuía perfectamente y Craso se apresuró en colocarse en la parrilla de salida bien pegado a la estela de César, que era el único que no tenía un pensamiento enclaustrado en una clase o grupo concreto. No creo que Craso quisiera lo que quería César, y ni siquiera creo que llegara a comprenderlo en toda su plenitud, pero su instinto le decía que su amigo era el caballo ganador y se puso detrás de él forzando a su enemigo Pompeyo a seguirle, so pena de quedarse aislado entre ambos grupos y ser ninguneado. Para Craso era cuestión de negocios, para Pompeyo de prestigio personal, para César de sacar adelante las reformas necesarias por el bien de Roma. Como podemos ver, entre Craso y César, Pompeyo no era más que la figura decorativa y mejor con César que con los optimates. Era un hombre muy rico, pero a la vieja usanza: montones de talentos de plata en sus arcas y propiedades. Mientras tanto Craso manejaba los negocios, el comercio, las finanzas, creaba mercados y los explotaba moviendo ingentes cantidades de dinero y a miles de personas. Craso era el cabeza visible del orden ecuestre, esa clase de romanos cuya fortuna era enorme pero que no podían aspirar a entrar en el selecto grupo de la nobleza de rancio abolengo. Ellos, al igual que la burguesía francesa, manejaban los negocios, creaban riqueza, tenían el poder económico, pero no pintaban nada en las decisiones políticas que decidían el gobierno de Roma. Pero estos equites estaban resentidos y su líder carismático, Craso, lo estaba más que todos ellos juntos, por eso apoyó al reducido núcleo superviviente de populares encabezado por César con su abundante plata. Quizás pensó usar al joven sobrino de Mario como fontanero en sus propósitos políticos, pero cuando César demostró ser Grande, Craso lo admitió con toda nobleza y se puso tras él apoyándole con su inmensa fortuna. No se le cayeron los anillos al admitir que su protegido era ahora el líder político, el era un negociante y lo importante es que seguía manteniendo el poder económico. En esto, Marco Licinio Craso demostró una inteligencia y nobleza verdaderamente encomiables.

Napoleón dijo que para ganar una guerra hacen falta tres cosas: dinero, dinero y más dinero. César, que antes tantos problemas financieros había tenido, emprendió una guerra dando la impresión de tener las espaldas bien cubiertas ¿coincidencia? No. César sabía muy bien quién le apoyaba, y el dinero de Roma, el dinero que manejaban los equites, estaba con él. La reacción histérica de los optimates ante César justo antes de la Guerra Civil puede haber tenido también motivos económicos, ya que tras la muerte de Craso en Carras el orden ecuestre había quedado sin cabeza pero en absoluto descabezado. Los equites no eran una agrupación de personajes que siguen a un líder carismático y que muerto éste se disuelven. Los equites eran el dinero, y el dinero siguió su camino firme en busca de la oportunidad para derribar del poder a los optimates. La histeria de los gobernantes posiblemente se debió a la filtración de los acuerdos políticos a los que César llegó con el orden ecuestre. Es posible que algún sector de los optimates tratara de llegar a un acuerdo con el orden ecuestre, pero con el liderazgo en manos de histéricos como Cicerón, desequilibrados mentales como Catón y demás compañía, parece claro por qué los equites prefirieron seguir a la estela de César.

 

LAS CAUSAS PERSONALES

"Y la gota que colmó el vaso fue..." Pues sí, amable lector, aquí también tuvieron parte los odios y amores entre los protagonistas, aunque en menor grado que lo que a los de la prensa del corazón les hubiera gustado.

En primer lugar tenemos a Cayo Julio César, el noble de más impresionante árbol genealógico (oficialmente se remontaba nada menos que hasta la diosa Venus), un romano de pura cepa, cabeza de la gens Julia cuyos antepasados habían defendido Troya del ataque aqueo. Impresionante. Impresionante sobre todo para Pompeyo, descendiente de galos; para Catón, descendiente de esclavos que en el mejor de los casos eran italianos; para Cicerón, descendiente de agricultores de Arpinum. Si, muy impresionante que estos tres tipos se pusieran Roma por montera proclamando que Roma eran ellos y no el único verdadero romano que actuaba en esta obra y que estaba precisamente en el bando opuesto, el de los "traidores a Roma". Valiente cuadrilla. Ni el trío Los Panchos lo hubiera hecho mejor.

En cada una de las motivaciones personales de estos tres turistas contra César hay una clave fundamental: la envidia de unos "romanos nuevos" ante el más "viejo" de los romanos. Los tres necesitaban demostrar diariamente su "romanidad". César no necesitaba demostrar nada.

Pompeyo no odiaba a César, pero era un hombre vanidoso y engreído. Su brillante campaña contra los piratas le colocó como el mejor soldado de Roma en aquellos momentos y él se dedicó a languidecer, pero los desplantes del Senado acabaron por enfurecerle, y así tuvo la coartada ideal para subirse al carro de César y Craso, acaso sin mucho entusiasmo, pero César era caballo ganador y Pompeyo quería tocar poder. Ni debió estar plenamente convencido entonces ni lo estuvo cuando volvió a cambiar de bando tras la muerte de Julia. No era un hombre constante, pero sí enérgico que se entregaba con pasión a su tarea, fuera en el bando que fuera. La gloria militar conquistada por César en las campañas de las Galias eclipsó su leyenda y la envidia lo consumió a pesar de que César siempre lo trató maravillosamente bien, pero la pérdida de Julia agravó esta situación y Pompeyo se dejó regalar los oídos con las milongas de los optimates. En manos de estos sinvergüenzas, Pompeyo el Grande, que se autocomparaba con el mismísimo Alejandro, no fue más que un juguete al que volvieron loco. La Guerra Civil  demostró que César le sacaba varios cuerpos de ventaja en cuanto a estrategia y la batalla de Farsalia fue el diploma de defunción táctica de este hombre simpático que fue asesinado por un traidor romano en Egipto. César lloró cuando los canallas egipcios le presentaron su cabeza, y lo hizo sinceramente, ya que él le apreciaba de verdad y además no podía olvidar que su hija Julia había sido feliz junto a aquel hombre que la amó por encima de todo y que, sin duda, mereció mejor final.

Catón odiaba a César con toda su podrida alma. Catón es uno de los tipos más repulsivos que ha dado la Historia (y mira que ha dado tipos repulsivos). Descendiente de esclavos y bisnieto de aquel primer Catón que atizó el odio contra Cartago, esta patética figura que aspiraba a ser como su despreciable bisabuelo lo sobrepasó: llegó a ser aún más despreciable que su antepasado... Y mira que era complicado...

Catón que era ese típico amargado con la cara llena de viruelas y el alma llena de odio, una nariz como un acueducto y la mente aún más cerrada que su bolsillo. Además era bisnieto de Catón el Viejo, aquel que terminaba siempre sus discursos con la frase "... y para terminar, creo que debemos destruir Cartago" y el tipo no paró hasta que la destruyeron. Su bisnieto Catón "el joven" se paseaba por Roma cubierto tan sólo con la toga. No utilizaba túnica porque decía que era una prenda extranjera y comía sólo nabos y demás "frutos puros de la tierra romana". Decía que todo lo nuevo era malo para Roma y que había que volver a las viejas tradiciones de siglos atrás, tradiciones que se sabía de memoria, aunque su memoria flaqueaba, ya que lo que no decía es que su famoso bisabuelo era descendiente de esclavos. Catón era tan honrado que vendió a su mujer a uno que le ofreció una buena bolsa de oro por ella y cuando el otro murió volvió a casarse con ella para disfrutar de la herencia. Catón, descendiente de esclavos, tenía que demostrar continuamente lo romano que era, y por ello odiaba a César, cuyo linaje era inmaculado y no tenía que demostrar nada a nadie. Es una gigantesca paradoja que el más puro aristócrata de Roma combatiera en el bando popular contra el bando aristocrático, formado por Catón, Cicerón y Pompeyo, todos de linaje no romano. Durante una reunión en el Senado, Catón se dedicaba a atacar a César acusándole de tratar de llevar la "modernidad" a Roma cuando un ujier le entregó a César una nota. Catón, al ver que César se dedicaba a leer la nota en lugar de atender a su discurso encolerizó y se puso a gritar con su voz de grillo diciendo que seguro que aquella nota era la prueba de una conspiración y exigió que se leyera en público. Se armó un revuelo tremendo mientras César sonreía inocentemente. Evidentemente no tenía obligación alguna de leer la nota, pero Catón continuaba gritando y César se la dio a un ujier para que la leyera. La nota era de Servilia, la hermanastra de Catón: citaba a César en su casa al anochecer y describía con bastante detalle todo lo que tenía pensado hacerle aquella noche. Las carcajadas estuvieron a punto de derrumbar la Curia del Senado y rápidamente se propagaron por toda Roma mientras Catón juraba odio eterno a César como su bisabuelo se lo había jurado a Cartago.

Catón fue la antítesis de César, feo, medio deforme, medio analfabeto, acomplejado por sus orígenes no romanos, violentamente agresivo y encima tuvo que soportar que César se acostara con su hermanastra Servilia y que toda Roma lo supiera, lo que le enloqueció aún más... si es que era posible que este tipo enloqueciera aún más de lo que ya estaba. Catón se consideraba el paradigma de la integridad y la moralidad romanas. Como era un tipo "íntegro" vendió a su mujer a cambio de una buena bolsa de plata (eso sí que es integridad moral...). Catón fue varias veces ridiculizado públicamente por el asunto César-Servilia, una de ellas, la más famosa en plena sesión del Senado, y su odio visceral contra César se desató hasta límites enfermizos.

Tras la batalla de Farsalia, Catón se refugió en Útica, en el norte de África. César le escribió llamándole a Roma y diciéndole que nada tenía que temer, pero Catón se cortó las venas mientras gritaba "¡Que caiga mi muerte sobre tu conciencia, César! ¡Si en vida no logré dañarte espero que lo haga mi muerte!"

Y el espíritu de este personaje fue el que impregnó la conjura contra César.

Cicerón, alias "el Garbanzo", era descendiente de agricultores de Arpinum, igual que Cayo Mario, pero de la misma forma que Mario estaba orgulloso de ello, Cicerón lo ocultaba y se avergonzaba. Cicerón es un magnífico escritor, un gran orador... y nada más. Como político tuvo un consulado tan desastroso que Catilina le montó la famosa conspiración de la que él se enteró la noche antes ¡eso es estar bien informado! por una indiscreción femenina. Lo más probable es que media Roma estuviera metida en ella y él ni se dió cuenta. Y para salvar a la República, como era un hombre de recursos políticos y legales, no se le ocurrió otra cosa que dar un golpe de estado desde el poder que acabó definitivamente con cualquier fachada de legalidad y que entregó a los optimates todas las riendas del poder, el legal (que ya lo tenían) e incluso el ilegal, que ahora detentaban ya sin tapujos, a plena luz del día. Este "defensor de la legalidad" no dudó en ordenar el asesinato de ciudadanos romanos sin juicio previo. Todo un detalle.

Cicerón es el intelectual metido a político, y eso (bien lo sabemos en España), siempre acaba en guerra civil de una u otra forma. César le quería quizás porque le daban lástima sus carencias.

Ligeramente desenfocadas

Ligeramente desenfocadas

En la mañana del 6 de junio de 1944 entre los miles de soldados que se disponían a desembarcar en las playas de Normandía con el objetivo de liberar Europa del yugo del régimen nazi, y entre otros cuantos periodistas y fotógrafos, se encontraba el conocido fotógrafo Robert Capa.

En concreto, Capa se encontraba a bordo del USS Samuel Chase, barco en el que viajaba la Compañía E (Easy) del 16º Regimiento de la 1ª División de Infantería, compañía con la que Capa, haciendo honor a su propio dicho de que «si tus fotos no son lo suficientemente buenas es que no estás lo suficientemente cerca», decidió desembarcar durante la primera oleada de asalto en la playa Omaha en lugar de esperar a la relativa seguridad de sucesivas oleadas.

La Playa Omaha terminaría por ser conocida como Omaha la Sangrienta, pues fue la playa en la que las tropas aliadas encontraron mayor resistencia por parte de los alemanes, hasta el punto de que los mandos de la invasión llegaron a considerar la posibilidad de desviar las tropas destinadas a Omaha a la Playa Utah, donde apenas se había encontrado resistencia, aunque al final no fue necesario porque la infantería y los Rangers, aún a pesar de que prácticamente todos sus oficiales y sargentos estaban muertos o heridos, consiguieron abrirse paso entre los campos de minas y el alambre de espino usando torpedos bangalore, tal y como se puede ver -con más o menos precisión histórica- en los primeros minutos de Salvar al soldado Ryan.

En el MundoReal™, en el caos de los primeros momentos de la invasión, la compañía Easy terminó por tomar tierra por error en la zona llamada Easy Red de la playa Omaha, cerca de Collevile-Sur-Mer, y una vez fuera de la lancha de desembarco Capa se puso a trabajar con sus dos Contax II equipadas con objetivos de 50 milímetros, exponiendo cuatro carretes antes de embarcar de vuelta a Inglaterra.

Playa Omaha, en las proximidades de Collevile-Sur-Mer, 6 de junio de 1944 © Cornell Capa
Playa Omaha, en las proximidades de Collevile-Sur-Mer, 6 de junio de 1944 © Cornell Capa

De esos cuatro carretes probablemente la foto más famosa sea la que precede a este párrafo, aunque la calidad de la imagen es mala porque en el laboratorio de la revista Life en Londres, para quien trabajaba Capa en aquel entonces, el ayudante de laboratorio Dennis Banks, a quien presionaban para que tuviera las fotos listas de una vez, pues las fotos de Capa llegaban con más de un día de retraso y eran las únicas en las que se veían imágenes del desembarco propiamente dicho, las secó a una temperatura demasiado elevada para acelerar el proceso, lo que hizo que la emulsión se derritiera… y sólo se pudieron salvar once fotogramas, conocidos como The Magnificent Eleven, de los que Life publicó diez, explicando que las imágenes se veían «ligeramente desenfocadas» porque en el nerviosismo del momento las manos del fotógrafo temblaban, algo que Capa siempre negó.

El propio Capa cuenta la historia de estas fotografías en Slightly Out of Focus, sus memorias de la Segunda Guerra Mundial, un libro totalmente recomendable para cualquiera a quien le guste Capa.

Para una perspectiva completa de su carrera Robert Capa: Obra fotográfica es un libro caro pero sin desperdicio; y ahora mismo en los quioscos puedes encontrar el número 1 de Grandes Fotógrafos Magnum Photos, que por 2,95 euros incluye una reproducción a 420×298 milímetros de una de las fotografías de Capa y un librito de 48 páginas con una selección de sus fotografías, una pequeña biografía, y una pequeña bibliografía.

A pesar de que una vez terminada la Segunda Guerra Mundial había prometido no fotografiar una guerra nunca más, Capa moriría casi exactamente diez años más tarde del desembarco de Normandía al pisar una mina el 25 de mayo de 1954 mientras acompañaba a un regimiento del ejército francés en un peligroso avance durante la Guerra de Indochina a petición de la revista Life.

Aquella noche, siguiendo su norma de aproximarse al máximo a la acción, abandonó el jeep en el que viajaba para adelantarse y fotografiar a las tropas según avanzaban, y al cabo de unos minutos terminó por pisar una mina que voló su pierna izquierda y le causó una profunda herida en el pecho. Aunque sobrevivió a la explosión en sí, para cuando consiguieron llevarlo a un hospital de campaña ya había muerto, eso sí, sin soltar en ningún momento su cámara.

Riqueza y pobreza

El tres por ciento de los estadounidenses son millonarios, lo cual equivale a unos 8,9 millones de personas de los 300 millones de habitantes que tiene el país. «Millonario» se define como una persona «cuyos bienes y propiedades superan el millón de dólares», pero excluyendo su residencia habitual. Eso no significa necesariamente que tengan un millón de dólares en dinero contante y sonante, sino más bien a la suma de dinero, inversiones en bolsa, propiedades, terrenos, muebles, coches y otras cosas que sean de su propiedad. Hay nada más y nada menos que 262.000 millonarios en el condado de Los Ángeles y curiosamente el cuarenta por ciento de los senadores son millonarios. Comparativamente, el trece por ciento de los estadounidenses, unos 40 millones de personas, no supera el umbral de pobreza, y entre ellos se calcula que puede haber entre 200.000 y 750.000 personas sin techo. (Fuente: U.S. keeps minting millionaires en MarketWatch, Ask Yahoo y Wikipedia).

Las mujeres de Cesar

CÉSAR Y LAS MUJERES

Por Caesaris Puella

 

Dedicado a mi legatus José I. Lago y a Cayo Julio César, por supuesto.

 

-INTRODUCCIÓN- 

César político, César militar, César escritor, César orador, César ingeniero, César jurista... César seductor; son múltiples las facetas que han contribuido a erigir el mito de este hombre único e inigualable, de personalidad compleja e inabarcable, que causó una impronta tal mientras sus caligae pisaron el agger romanus, que los ecos de su existencia resuenan aún en nuestros días, como si sus actos fueran la piedra que se hace rebotar en el agua, y las repercusiones de los mismos, las ondas que llegan a la orilla, a una costa de más de dos mil años de distancia.

leg_escult_cesar_colleen_01.jpg (16238 bytes) Por Colleen McCullough

Es, precisamente, esta distancia espacio-temporal, la que dificulta acercarnos al hombre, pues la escasez y dispersión de las fuentes, y la intervención de terceras personas que, a lo largo de la Historia, han abordado la figura, moldeándola, mitificándola (o desprestigiándola), según la conveniencia y los intereses particulares de cada uno, han supuesto un obstáculo casi insalvable para poder conocer al auténtico Cayo Julio César al desnudo (¡lástima que sea

Ya tan sólo queda un punto por abordar, de la espinosa relación de César y Servilia que imagino que tú, curioso lector, ya te estarás preguntando; esto es, ¿realmente fue Marco Junio Bruto hijo ilegítimo de César? La contestación, a mi entender, no puede ser más clara y rotunda: NO. Marco Junio Bruto era el hijo legítimo del primer matrimonio de Servilia con Marco Junio Bruto, pater, y los bulos que se divulgaron respecto a la supuesta paternidad de César no fueron más que burlas, típicas del irónico sentido del humor romano, que ponían en contraste a dos personas que, no pudiendo ser más opuestas (el hermoso frente al poco agraciado, el derrochador frente al avaro, el valiente y aguerrido, frente al cobarde y tímido...), tenían un nexo común; es más, el comentario malicioso, perjudicaba aún más a Bruto que a César, pues los hijos ilegítimos, en aquella época, no tenían los mismos derechos que los legítimos, consiguiendo con ello la masa popular un resarcimiento: la mácula en la dignitas de Bruto, en contraprestación a su inmensa fortuna, gran parte de la cual se había logrado ilícitamente por sus ancestros, a costa del Erario Público y de muchas y preciadas vidas romanas.

Por un lado tenemos el hecho de que Bruto fue reconocido por su padre sin más problemas (bien es cierto que según el Derecho Civil Romano se presumía que el hijo nacido dentro del matrimonio era hijo del cónyuge varón, pero dicha presunción admitía prueba en contrario, y Marco Junio senior podría haberle repudiado, su potestad como pater familias le autorizaba a ello), aunque tú, querido lector podrías contestarme diciendo que tal vez el pater fue uno de tantos cornudos felices que viven en la ignorancia. A falta de prueba de ADN que pueda demostrar la filiación de Bruto (los romanos eran avanzados, pero no tanto), debemos recurrir a la lógica y a la psicología para poder exculpar a César de haber engendrado a un personaje de esa calaña: Marco Junio Bruto filius nació en el año 85 a.C., cuando César tenía tan sólo 15 años y no era nadie en la esfera política o social romana, simplemente era un adulescentulus de familia tan ilustre como olvidada, con escasos recursos económicos y que vivía en una insula del Subura; teniendo ello presente, y conociendo la ambición de Servilia y su desmedida pasión por la política (como la Carta 15.11 de Cicerón a Ático demuestra), ¿alguien mínimamente razonable creería que una jovencísima Servilia iba a arriesgar un matrimonio tan ventajoso como el que tenía, por una aventura amorosa con un jovenzuelo imberbe del que poco o nada se podía esperar? Marco Junio Bruto pater pertenecía a una familia tan ilustre como podía ser la gens Julia, muy bien considerada porque fue un Bruto quien acabó con la monarquía, poseía una considerable fortuna patrimonial y estaba desempeñando un papel preponderante en el terreno político (otra cosa es que jugara mal sus cartas, se pusiera en el bando equivocado y acabara decapitado). Sinceramente, casaría muy mal con el carácter de Servilia que fijara su atención en alguien que le supusiera un descenso en su escalafón político-social.

Así que, mi querido lector, lamento desilusionarte si te digo que la mítica frase “Tu quoque, filii?” (“¿tú también, hijo mío?”) que supuestamente inquirió César al ser cobardemente apuñalado por Bruto, tiene un origen más mítico que real, siendo un bulo que ha ido corriendo con el tiempo hasta convertirse casi en auto de fe, cuando lo cierto es que ni Plutarco, en la “Vida de César”, ni Suetonio mencionaban dicho comentario, antes al contrario, ambos coincidían en sus relatos al narrar cómo Cayo Julio se cubrió la cabeza y cayó dignamente sin pronunciar palabra alguna.[2]

Y ya que abordamos el tema de los mitos, es hora de que pase a hablar de la macedonia que decía ser egipcia, la “Reina de las Reinas”: Cleopatra VII “Philopator”, hija de Ptolomeo XII “Auletes” (“El flautista”), esposa de Ptolomeo XIII y Ptolomeo XIV, reina de Egipto.

leg_escult_cleopatra_f_01.jpg (8077 bytes)

Mujer ciertamente notable, logró crear un halo de leyenda a su alrededor (de forma plenamente consciente y premeditada) que le permitió alcanzar la tan buscada eternidad (desde el momento en que nuestro recuerdo perdura en la mente de los demás, seguimos viviendo en la memoria); lástima que gran parte de su figura no sea más que una ficción construida por una “sociedad” tripartita: una parte del mito lo creó ella misma, otra parte la aportaron sus detractores (principalmente Octavio Augusto, el mayor propagandista de la Historia Antigua) y, la tercera, la crearon los románticos incurables.

Pues has de saber, estimado lector, que la relación entre Cayo Julio César y Cleopatra pudo estar regida por muchos factores, pero jamás por el amor; la atracción, la seducción, jugaron papeles relevantes, sobre todo en los inicios, pero el elemento decisivo y fundamental que vino a unirlos fue, sin duda alguna, la política.

Cuando César convocó a finales del año 48 a.C. a Ptolomeo XIII y a Cleopatra VII para que se presentaran a su presencia en Alejandría (con anterioridad Cleopatra había huido de la ciudad –según la versión oficial prestada por el artero Potino, consejero de su hermano-esposo, había sido desterrada-, pues temía –no sin fundamento- seriamente por su vida), poco podía imaginar que en las sombras de la noche, y escondida dentro de un saco para guardar ropa de cama, cuan larga era[3] (lo cual nos da una idea de la escasa altura que debía tener, por no decir, sin tapujo alguno, que era una pitufa), se le presentaría una joven de veinte años, bonita, culta, sumamente inteligente y muy, muy ambiciosa. Desde luego, para mi Cayito, aquella muchacha debió ser como un regalo de los dioses, pues le permitía tomar el control de Egipto para Roma de una manera relativamente sencilla y, desde luego, mucho más divertida que con una anexión militar en toda regla, amén que después de tantos años de batallas y tensiones, la chispeante Cleopatra, tan segura de sí misma y tan dispuesta a hacer cualquier cosa por lograr el poder, suponía un soplo de aire fresco.

Cleopatra era considerablemente agraciada, pero no hasta extremos sobrehumanos; Plutarco decía de ella que “su belleza no era en sí misma tan extraordinaria como para que ninguna otra se le pudiera comparar”, y Dión Casio que “en su mejor época” (¡toma puñalada!, con lo mal que nos sienta a las mujeres –o al menos a mí- lo de envejecer) era considerablemente atractiva, es decir que era una mujer bonita, pero no tan bella como pudiera serlo Octavia, por ejemplo, que fue la mujer más hermosa de su época (eso sí, más sosa que un huevo sin sal); sencillamente, a lo largo de los años, el bulo de su belleza se ha ido exagerando, como en la historia del “Sastrecillo Valiente” –que pasó de matar siete moscas de un golpe, a siete gigantes-, principalmente por aquellas personas tan simplistas que son incapaces de concebir que alguien, principalmente una mujer, pueda resultar irresistiblemente seductor, como no sea poseyendo una belleza extraordinaria.

Las principales armas de Cleopatra no estaban en su juventud o en un físico más o menos agraciado, sino en su interior: volviendo a Dión Casio, éste reseñaba de ella que  poseía una voz encantadora y tenía el arte de ganarse la simpatía de la gente, y Apiano, de entre todas sus cualidades, destacaba su ingenio; poseía una poderosa imaginación (hay que reconocer que la jugada de presentarse ante Marco Antonio en una lujosa galera, con remos de plata y bellísimas remeras desnudas, vistiendo ella como Venus es, sencillamente, magistral), una mente brillante y, al parecer, tenía mucha facilidad con los idiomas (posiblemente hablara seis lenguas –ahora muertas- a la perfección), amén de un conocimiento de las artes cosméticas digna de la mejor de las egipcias (cosa que, paradójicamente, ella no era). Eran muchas las cualidades de la Macedónica, pero César no la amaba; se acostó con ella (¡como para dejar pasar semejante oportunidad!), se entretuvo, pero siempre teniendo muy presente qué era lo que ella buscaba, a saber, el poder político, y convirtiéndola en el cazador cazado, pues fue Cleopatra la que acabó sirviendo a los fines de Cayo Julio.

Egipto era estratégicamente de vital importancia, tanto por su ubicación geográfica y su preponderancia comercial, como por las riquezas del país, especialmente las naturales: era el granero de Roma, y la Urbe no podía permitirse un Egipto débil, sometido a las personas equivocadas o en plena guerra civil, pues ello supondría un corte en el suministro de las provisiones y una interrupción del comercio que traerían como efecto rebote graves disturbios en la Ciudad Eterna. Ya con anterioridad el Senado y el Pueblo de Roma, representados por la figura de Gabinio, se habían visto obligados a intervenir para restituir a Ptolomeo XII “Auletes” (papá de la niña) en el trono, pues había sido destituido por sus dos hijas mayores (ya se sabe, “cría cuervos...”), pero ahora -por el año 48 a.C.-, menos que nunca, podía una debilitada Roma, quebrada por una lucha interna entre quirites (que todavía no se había acabado de dirimir), permitirse un situación caótica en Egipto. Ya era hora de que el Jinete Romano tomara las riendas del Estado Egipcio. Y Cleopatra se lo puso en bandeja (añadiendo, de paso, su cuerpo y sus artes amatorias al lote).

Pero Aquilas y Potino, consejeros nominales del hermano-esposo de Cleopatra, y gobernantes de facto del reino (Ptolomeo XIII, que contaba a la sazón con trece años de edad, poseía un carácter muy débil y tenía otras... digamos, preocupaciones), vieron que se les acababa el pastel, con aquella joven –que tanto los detestaba y a la que tan mal habían tratado- que les había ganado por la mano, colocándose en la cama del insigne romano y, por ende, en el trono, y ninguno de ellos estaba dispuesto a conformarse con dicha situación y a abandonar un poder al que le habían tomado un gran cariño. Si a ello unimos el fuerte sentimiento de rechazo que sentían frente al Mundo Romano, la ecuación tan sólo puede dar como resultado la Guerra de Alejandría, que tras varias penurias finalizó en el año 47 a.C. con un César victorioso (cómo no, ¡ay mi Cayito!), un rey muerto, los enemigos eliminados y un nuevo matrimonio entre Cleopatra y su otro hermano pequeño, que adoptó el nombre de Ptolomeo XIV, más que nada para ser creativos. Como podrás ver, paciente lector, dicha guerra muy poco tuvo que ver con el amor.

También se ha hablado mucho de un romántico crucero por el Nilo entre los dos “tortolitos”, lo cual me colma de gracia, porque César, además de otorgarse un merecido homenaje (léase, descanso), se ocupó de visitar los principales enclaves egipcios (de los auténticos de toda la vida, estos sí), para que el pueblo se fuera haciendo a la idea y conociera cuál era su nuevo “amo”: Roma (a lo cual los pobladores de las orillas del Nilo respondieron con bastante pasotismo, pues para ellos muy poca diferencia había entre un gobernante extranjero u otro gobernante extranjero. –Como comprenderás, amable lector, un macedonio tiene tanto parecido con un egipcio como un hipopótamo con un caballo-). Y así se marchó César, dejando a la parejita tranquilamente instalada en el trono (si bien, el hecho de haber sido él quien allí los había situado hacía que la autoridad real recayera en él), el lictus de Cleopatra caliente y las provisiones de Roma aseguradas. No era el momento oportuno para anexionar Egipto como Provincia del Imperio, pero con dicha solución la situación se asemejaba bastante.

Buena prueba de la nula mella que la Ptolemaica había hecho en el corazón de mi Cayito la tenemos en lo acaecido meses después, cuando, en plena Guerra de África, tuvo un sonado romance con la reina Eunoe de Mauritania, de belleza proverbial, y ello mientras una Cleopatra recién estrenada en la maternidad se tiraba de los pelos de su peluca egipcia –era una gran observadora de las costumbres del pueblo sobre el que gobernaba-, presa de la rabia.

Una vez finalizada la Guerra de África, César sugirió-ordenó a Cleopatra que se reuniera con él en Roma, donde residiría durante dos años, hasta los fatídicos idus de marzo, pues tras esa nefasta fecha se fue a golpes de remo hasta su país, donde esperaría a ver qué curso tomaban los acontecimientos. Entonces, tú, amigo lector, me dirás “¡aaaah, se la llevó porque la amaba!”. Pues no, se la llevó, porque tener a Cleopatra en Roma significaba tener a mano el control de Egipto, y la Macedónica no se dio ni cuenta, movida por la ambición y los castillos de naipes que se había formado, en los que ya se veía como gobernante de todo el Mundo Conocido, colocando a Caesarion, ese conato de jugada maestra, en una posición preponderante, ¿quién sabe? Tal vez habría nuevamente un rex en Roma, César ya iba teniendo una edad... ¿podría ella llegar a ser la regente?. Muchos eran los sueños de Cleopatra, siempre regidos por su mentalidad oriental, y poniendo de relieve su escaso olfato político, reincidiendo al apostar por Marco Antonio, y precipitando, en definitiva, el fin de un Egipto independiente.

Es cierto que el populus creía que Cayo Julio estaba hechizado por la Macedónica (muy típico del romano medio desconfiar de la mentalidad oriental), pero ello se debió más que nada a las ganas que tenía César, -quien ya estaba a vueltas de todo-, de escandalizar, lo cual supuso un error de cálculo que, junto con su clemencia, acabaría por pasarle factura, pues su relación con Cleopatra suponía una peligrosa cercanía con la monarquía que sus detractores se ocuparon de reseñar.

Pero la verdad es que César seguía haciendo su vida normal y, salvo alguna que otra visita o festejo, para tenerla entretenida, seguía durmiendo con Calpurnia todas las noches (Plutarco es bien preciso a la hora de decir que acostumbraban a dormir juntos), y en ningún momento mostró deseo o intención de divorciarse de ella. ¿Es esa la conducta de un hombre locamente enamorado? Sólo tú, que tan amablemente estás leyendo estas líneas, tienes la respuesta.

A mí tan sólo me resta un cabo por atar en este entramado, y es, evidentemente, Caesarion, el supuesto hijo de César. Y digo supuesto porque, francamente, no creo que fuera suyo, y el mismo Cayo Julio tenía serias dudas acerca de su paternidad. Es innegable que, biológicamente, existe la posibilidad de que el vástago de Cleopatra fuera engendrado por mi Cayito, pues César la debió conocer por primera vez, en todos los sentidos –incluido el bíblico-, a finales del año 48 a.C., y Caesarion nació a mediados del año siguiente (esto es, el año 47 a.C., aunque ya sé que no haría falta que te lo recordara, instruido lector). Pero que exista una posibilidad no significa que exista una REALIDAD. ¿Se me quiere hacer creer que Cayo Julio César, que en 35 años no había tenido descendencia, pese a su intensa vida bajo sábanas, iba ahora a caer, con una mujer extranjera, a la que a penas conocía y que ni siquiera era su esposa? Además, Cleopatra distaba mucho de ser una virgen vestal, baste ver el modo en que se presentó ante el divino Julio, poniéndose “manos a la obra” esa misma noche (sé que César era irresistible, pero una jovencita inexperta e inocente tal vez se habría demorado algo más, no sé, hasta la mañana siguiente, cuando menos), vivía en una sociedad que ya hacía años que se regodeaba en todo tipo de placeres, ocupando los de Venus y Dionisos un lugar preponderante entre ellos; todo lo cual me hace dudar seriamente de que, durante los meses que mi Cayito estuvo con ella, Cleopatra se le reservara en exclusiva, máxime teniendo en cuenta que había una dura y peligrosa guerra de por medio, que también le robaba sus horas (César era divino, pero a mí no me consta que pudiera duplicarse o tuviera el don de la omnisciencia).

Pero para mí el dato más revelador, el claro indicativo de que Cayo Julio César no era el padre de Caesarion, por mucha identidad nominal que haya, reside en el hecho de que César jamás reconoció al niño como hijo suyo. El nombre de Caesarion se lo puso la propia Cleopatra, que había dado a luz “en ausencia del padre” (jua, jua, jua), contraviniendo además, con ello, las leyes civiles romanas, porque tan sólo un cives romanus podía tener un nomen romanus, y tan sólo el pater familias daba a sus heredes dicho nomen. El reconocimiento de Caesarion como sui filius presentaba muchos impedimentos legales, es cierto, pero no eran insalvables: en primer lugar César debería haber otorgado la ciudadanía romana tanto a la madre como al niño (la ciudadanía del nacido fuera del matrimonio tan sólo se adquiría de la madre que tuviera la condición de ciudadana romana en el momento del parto), lo cual no era en absoluto descabellado, toda vez que perfectamente se les podía reputar como extranjeros ilustres, amén de que Cayo Julio tenía la potestas y la auctoritas para hacerlo; después debería haberlo reconocido como propio o, si no quería restringir parte de sus derechos por ser ilegítimo -en tanto extramatrimonial-, podría haberlo adoptado e instituirlo como heredero suyo. Complejo, no lo niego, pero absolutamente encuadrado en la legalidad, y completamente factible para un padre amantísimo que, para más inri, no tenía otra descendencia.

Pero no, en lugar de eso, César prefirió no reconocer a su vástago, a carne de su carne, y nombrar como heredero y sucesor a Cayo Octaviano, su sobrino-nieto (o tal vez simplemente su sobrino, tengo mis dudas, porque en latín el sobrino y el nieto se designaban con idéntico término jurídico: nepos), debiendo recurrir para ello a unas artimañas jurídicas que se salían por completo de la práctica legal y usual. Pues has de saber, sufrido lector, que hasta aquel momento jamás se había contemplado la posibilidad de efectuar una adopción testamentaria y, por ende, post mortem, ya que la adopción requería un complicado ceremonial, y más en el caso que nos ocupa, en que se estaba adoptando un sui iuris, toda vez que la “adrogatio” (el término “adoptio” se reservaba para el caso de los alieni iuris) suponía una ceremonia en la que debían estar presentes ambas partes (lo cual implica que debían estar vivas, claro está) ante treinta lictores representantes de las treinta curias, y el adrogante (Cayo Julio, en este caso), debía ser mayor de sesenta años (tenía cincuenta y seis cuando murió) y no tener hijos propios (ésa sí la cumplía, ¡mira tú, una de cuatro!). Evidentemente Cayo Octavio no tuvo ningún inconveniente en considerarse adoptado, e intentó convalidar el acto mediante una especie de “adrogatio” póstuma, pero lo cierto es que ello era tan ajeno al Derecho Romano, que dicha invención juliana tan sólo se practicó a principios del Imperio, y más con la finalidad de designar un sucesor político que de nombrar un auténtico heredero.

En resumidas cuentas: César no reconoció a Caesarion porque no quiso, porque no creyó en ningún momento que fuera hijo suyo, y dada la plena confianza que siempre me ha merecido su criterio, ello supone para mí la prueba definitiva de que Caesarion no fue concebido por el divino Julio. Ahora bien, tú tienes la última palabra, sufrido lector.

2) FAMILIARES Y “ASEMEJADAS” 

Una vez cerrado el capítulo dedicado a las relaciones más íntimas de Julio César se hace preciso abordar el tema de las mujeres que, si bien no tuvieron el privilegio de probar sus artes amatorias, formaron parte de su vida y teniendo, además, un papel destacado en ella (¡quién lo iba a decir de César!, ¿eh?), aún a riesgo de cansar tu atención, paciente lector, que si has llegado hasta aquí ya has obtenido las monedas para que Caronte (esperemos que en un tiempo muy, muy lejano) te permita subir a su bote, y te lleve sin ningún reparo a los Campos Elíseos (donde podrás entrevistarte con César y comprobar hasta qué punto mi disertación estaba bien encaminada).

Seis eran las vírgenes vestales que constituyeron parte del entorno familiar de Cayo Julio una vez que este asumió el cargo de Pontifex Maximus. Dichas sacerdotisas debían prestar su servicio a la diosa Vesta durante treinta años mediante la realización de una serie de labores y rituales (el principal de ellos, la preservación del Fuego Sagrado, que jamás podía apagarse) que no eran excesivamente duros, y conservar su virginidad durante todo el tiempo que estuvieran dedicadas a Vesta (sin comentarios), plazo que, una vez transcurrido, les permitía reincorporarse a la vida civil, e, incluso, casarse, si así lo deseaban. Para reemplazar las bajas y mantener siempre el número sagrado de seis componentes, se realizaba un sistema de selección denominado captio, en virtud del cual el Pontifex Maximus seleccionaba, de un grupo de veinte, la candidata o candidatas idóneas, que debían cumplir una serie de requisitos, a saber, tener una edad comprendida entre los 6 y 10 años (perfecto modo de asegurarse su virginidad, pues las puellas romanas no eran tan precoces), estar exentas de cualquier imperfección física (básicamente para que los padres no intentaran colarle a la divina Vesta aquellas hijas que no había manera de “colocar” a hombre casadero alguno), y que sus progenitores estuvieran vivos.

Pero no era ésa la única relación que tenía el Pontifex Maximus con tan insignes dominas: las vestales, cierto es, se emancipaban de la potestad paterna en cuanto adquirían dicha condición, pero no eran plenamente sui iuris, pues gran parte de dicha potestas era asumida por el Pontifex, al que se ligaban con bodas simbólicas. Siendo esto así, resulta del todo lógico que la residencia de las vestales estuviera ciertamente próxima a la morada del que era su tutor y, aunque hoy día deviene una labor harto compleja conocer cuál era la configuración exacta de la Regia en tiempos de la República, parece que formaba todo un conjunto arquitectónico en el que ambos edificios estaban anexos, con una comunicación interna desde la residencia de las vestales a la Domus Publica.

Así que, estimado lector, te pido que hagas un pequeño esfuerzo (sí, otro más), e intentes imaginar cómo debía sentirse César al entrar en su hogar (a partir del año 63 a. C., se entiende) y encontrarse con su madre, su esposa, su hija (hasta que se casó con Pompeyo) y seis féminas más, entrando y saliendo, y mortalmente aburridas (pues sus ocupaciones no les robaban demasiado tiempo, y tampoco podían tener otras diversiones “galantes” con las que entretenerse)... desde luego, es innegable la maestría de Cayo Julio, pues no cualquiera hubiera logrado mantener el orden y la paz en una situación análoga.

Y otra conclusión que podemos extraer de su relación con las vestales es que el bello Julio tampoco era el sátiro que se nos ha querido hacer creer, toda vez que siempre supo guardar la forma y la compostura con todas ellas, dejando su mentula a buen resguardo bajo su túnica; aunque quizá la pena que llevaba aparejada la violación del deber de castidad (la sacerdotisa vulneradora debía ser enterrada viva en el Campus Sceleratus del Quirinal y su cómplice en el concubinato debía ser fustigado hasta morir en el Comicio), le sirvió de poderoso estimulante para mantener la mente y el cuerpo fríos.

Las componentes femeninas de la gens Julia, son el otro grupo de mujeres que, sin compartir el tálamo con él [4], resultaron decisivas en la vida de Cayo Julio César, como Julia, su tía paterna en tanto hija de Cayo Julio César y Marcia, de la gens de los Marcii Reges, descendientes del célebre rey romano Anco Marcio, y esposa del inigualable pater patriae Cayo Mario, quien con esta unión pasaba de ser un simple homo novus a relacionarse con una de las familias patricias de más alta alcurnia, consiguiendo con ello el meteórico despegue de su carrera política (que culminó con siete consulados).

En el desvelo de Cayo Mario por preservar la indemnidad del joven César, -muy superior al que podría tener por un pariente político sin más, máxime teniendo un hijo propio en la palestra política por el que preocuparse-, se intuye claramente la mano de Julia, quien sentía un profundo cariño por su extraordinario sobrino, derivado, sin duda alguna, de una relación estrecha, lo cual nos hace pensar que Cayo Julio, en su infancia, pasó muchas horas junto a sus tíos. Además, del actuar del viejo Mario también podemos colegir que sentía afecto por su esposa, hasta el punto de hacer también suyos sus afectos, en un caso más de convergencia de amor e intereses políticos.

Por ello resultaría ciertamente simplista considerar sin más que el elogio fúnebre de Julia que César pronunció en el año 70 a.C. (el primero, pues desgraciadamente habría de seguirle otro ese mismo año, como ya sabes, atento lector) obedecía a fines meramente propagandísticos y electoralistas. El no dejar pasar la oportunidad de darse a conocer al pueblo, de recordarle cuáles eran sus orígenes y la necesidad de no dejarse dominar por la casta conservadurista optimate, no significa que Cayo Julio no profesara un sincero y gran amor por su tía, a la que quiso honrar con su discurso (el hecho de que no fuera insólito realizar un elogio fúnebre de una matrona romana, no significa que fuera algo habitual, de uso diario), cuyo tono, amén de brillante, fue ciertamente emotivo, lo cual constituye una buena prueba de los sentimientos que albergaba el divino Julio en su interior.

Un lugar preponderante en el corazón de César lo ocupa Julia, a la que denominaremos Julia Minor o Julilla, para abreviar y diferenciarla de su tía-abuela, su hija, el retoño de su adorada Cornelia.

leg_muj_julia_minor_100.jpg (14473 bytes) Por Colleen McCullough

De proverbial belleza, era la “niña de los ojos” de César, quien la quería con locura (tal vez evocando en ella una parte del gran amor que había sentido por su fallecida madre).

Prácticamente criada por su abuela Aurelia, -pues su madre había fallecido cuando Julilla tan sólo contaba siete años de edad-, fue una joven muy discreta, dulce y cariñosa, que supo ganarse el corazón de quienes la conocían. Y en Julia Minor, una vez más, toma forma un matrimonio en principio concertado por fines políticos que desembocó en una gran pasión; efectivamente, son muchos los que, en un gesto de ceguera aguda, le han querido reprochar a Cayo Julio que entregara a su hija en matrimonio a Pompeyo, mirando tan sólo por sus intereses, obviando que Pompeyo era uno de los mejores partidos de Roma, ya que poseía una inmensa fortuna, ocupaba un papel de primera línea en la vida político-social de la Urbe, -donde se le tenía por todo un héroe y un genio militar-, y era uno de los hombres más atractivos y anhelados de la Ciudad Eterna (tal vez su belleza fuera más basta que la de mi Cayito, pero también causaba sensación).

Los matrimonios concertados eran la moneda de cambio habitual en la Roma Republicana, donde los contrayentes que se unían meramente por amor eran tan escasos como el ave fénix, principalmente porque era el pater familias quien tenía el poder de decisión de con quién se casaban sus vástagos. Con dicho enlace, César le proporcionaba a su hija lo mejor que podía obtener (no me negarás, querido lector, que Julilla resultó beneficiada con la ruptura de su anterior compromiso matrimonial con un miembro del nefasto clan de los Servilios Cepiones –ricos, pero carentes de cualquier otra cualidad- para contraer nupcias con el Magno), y lo cierto es que acertó, pues Cneo Pompeyo y su hija, a pesar de los 23 años de edad que les separaban, se enamoraron perdidamente el uno del otro, en una afortunada y estable unión conyugal. Felicidad matrimonial ampliamente acreditada con un desafortunado hecho acaecido en al año 54 a.C., a saber, la muerte de Julilla durante el parto de su primogénito (que también le sobrevivió escasos días), que, como relata Plutarco, dejó sumidos en un profundo dolor tanto al yerno como al suegro, quienes ni tan siquiera pudieron sobrellevar juntos tan trágico acontecimiento, al mediar entre ambos muchas millas romanas de distancia.

Efectivamente, César recibió tan trágica noticia mientras se hallaba de campaña en las Galias, aunando a su preocupación por un incierto futuro en la vida pública de Roma, la enorme congoja de perder a la luz de sus ojos, su hija, la heredera, junto con su yerno Pompeyo (indiscutiblemente en agradecimiento a la felicidad que proporcionaba a su hija, pues bien podría haber instituido heredero a algún miembro masculino de su propia gens), de todo por lo que había estado trabajando durante tantos años. Todos los acontecimientos posteriores, que tú, querido lector, tan bien conoces, tuvieron a Cayo Julio muy preocupado, dejando tal vez apartado en un rincón de su espíritu el dolor padecido, pero la herida seguía abierta, César jamás superó la pérdida de su hija, de ahí que al regresar a Roma en el año 46 a.C., tras celebrar los correspondientes y merecidos triunfos, organizara unos sonados combates de gladiadores (confiriéndoles el primitivo sentido que los etruscos les habían otorgado a dichos ludus) y naumaquias (recreación de batallas navales) en honor de su hija fallecida, a la que no había podido honrar con un elogio fúnebre.

Y ya por último, pero no por ello menos importante, está la figura de Aurelia, madre de César, hija de Lucio Aurelio Cota y Rutilia, cuya efigie siempre estuvo presente, si bien en la sombra, en los actos de Cayo Julio. Criada en el seno de una familia con gran “pedigree” político, los Aurelios Cota, se destacó por su sabiduría y aguda visión política, así como por su discreción, dignas de una gran matrona romana.

leg_muj_aurelia_100.jpg (13123 bytes) Por Colleen McCullough

Si las referencias hacia otras mujeres involucradas en la vida de César son escuetas, en el caso de Aurelia llegan a su mínima expresión, lo cual demuestra hasta qué punto esta dignísima dama quiso pasar por la vida sin figurar, cediendo todo el protagonismo a su hijo (tan es así, que, por no conocer, ni tan siquiera sabemos cuándo murió[5]); con todo, de las breves referencias sobre su persona, podemos perfectamente hacernos una idea de cómo fue esta extraordinaria mujer que puso al inigualable Cayo Julio sobre la faz de la tierra.

Aurelia entró a formar parte de la gens Julia de pleno derecho, al contraer matrimonio con otro patricio, pues el matrimonio se contraía mediante el ceremonial de la confaerratio, lo cual significaba que la esposa pasaba a estar sujeta a la potestas del marido (si éste era sui iuris, sino se sometía a la potestas del pater familias del marido), y, por medio de una ficción jurídica, pasaba a tener una relación de parentesco con éste, como si fuera la hija de su propio esposo, y la hermana agnada de sus hijos. Ya de este matrimonio con Cayo Julio César pater podemos extraer una importante lectura, en primer lugar, que debió tratarse de uno de los escasos supuestos en que los contrayentes se unieron por amor, y que Aurelia poseía una valor, una determinación y una seguridad en sí misma ciertamente notables; hay que tener en cuenta que la mater de mi Cayito pertenecía a una acomodada familia patricia que tenía un papel muy activo en la vida política de Roma (de hecho, Lucio Aurelio Cota desempeñó el cargo de cónsul el año en que murió, esto es, el 118 a.C., y para ello, como ya sabes, distinguido lector, hacía falta tener un peculium -sestercios contantes y sonantes, vaya- considerable y unas buenas relaciones políticas), y sin embargo consintió en irse a vivir a una insula (que, por muy confortable que fuera jamás podría tener parangón con una lujosa domus patricia), y nada menos que en el Subura, -barrio que no estaba habitado por el “todo Roma”, precisamente, y que podía llegar a ser francamente peligroso, especialmente de noche-, para vivir con un hombre de una familia ilustre pero que parecía en decadencia, y dejando todo su patrimonio en sus manos [6]. Forzosamente debía haber amor en dicha unión, que tan sólo se rompió por la tenebrosa mano de la muerte.

Y tras este trágico suceso nos volvemos a encontrar con una Aurelia luchadora y fuerte que, aún habiendo enviudado, logró sacar adelante a su familia ella sola (jamás volvió a casarse), velando principalmente por el futuro de su hijo, con los extraordinarios resultados por todos conocidos. El valor de esta incomparable mujer saldrá a relucir en otras ocasiones, como cuando intercedió por su hijo ante el tiránico (en el sentido peyorativo del término) Sila, en la cima del poder y del terror, pues ya había empezado con su sistema de proscripciones y ejecuciones, actuando tan inteligentemente que consiguió salvar la vida de César.

La inteligencia y la sensatez fueron otras de las muchas cualidades de Aurelia, la cual se revistió de una áurea de auctoritas que sus contemporáneos le reconocían. Baste ver el episodio del escándalo de la Bona Dea, por ejemplo, y su rauda actuación tras ser sorprendido Clodio, asumiendo el mando pese a que había otras muchas ilustres matronas romanas con ella. Auctoritas que le reconocía su propio hijo, quien siempre la tuvo muy presente en su corazón, y tenía muy en cuenta sus consejos y opiniones. Una vez más es en Plutarco donde encontramos un pasaje que nos permite averiguar hasta qué punto la relación entre madre e hijo era intensa, y cómo Aurelia participaba de los planes políticos de Cayo Julio, cuando éste partió hacia los Comicios la mañana en la que debía elegirse el Pontifex Maximus. César se había jugado el todo por el todo, había apostado muy fuerte y se había endeudado hasta las cejas y más allá para lograr dicho cargo, al que se presentaban algunos de los “pesos pesados” de la Urbe como Metelo Isáurico o Catulo, de ahí que Aurelia, angustiada y con lágrimas en los ojos, saliera a despedirse de su hijo; éste la abrazó, y le dijo “madre, hoy verás a tu hijo Pontifex Maximus o desterrado” (a causa de las deudas, se entiende). Las muestras de afecto eran algo que los romanos de la época Republicana se reservaban para su vida privada, eran muy comedidos en público, y sin embargo, en un momento tan tenso, ni Cayo Julio ni su madre tuvieron reparo alguno en abrazarse, buena prueba del amor que se profesaban, y la preocupación que tenían el uno por el otro.

Pero donde más y mejor podemos conocer a Aurelia es en la personalidad de su propio retoño, pues no hay duda que la educación y el ejemplo que recibimos de nuestros progenitores marca a fuego bajo la piel nuestra forma de ser. Y Aurelia enseñó a César a mostrarse siempre clemente y magnánimo, a ser generoso, a ser dulce en el trato y fiel a sus amigos, a ser tolerante, a estar orgulloso de su gens y a luchar por sus metas. Definitivamente, Aurelia debió ser una gran mujer.

 

-EPÍLOGO-

¡Alégrate, héroe troyano, pues tu periplo ha alcanzado su fin!. Si has sido capaz de llegar hasta aquí, te doy mi más profundo agradecimiento por tu paciencia y constancia, y te pido disculpas si en “algunos” (¡vaya eufemismo!) apartados me he extendido en exceso, pero se trata de un tema que me apasiona, y quería compartirlo contigo.

Llegados a este punto, tan sólo me resta hacer una breve (esta vez lo prometo) recapitulación de la relación de Cayo Julio César con las mujeres, relación teñida de muchas facetas positivas, aunque también alguna negativa.

Por un lado, tenemos a un Cayo Julio cariñoso, dulce y seductor, que sabía perfectamente cómo ganarse su afecto, es decir, que era un hombre altamente perspicaz que conocía a la perfección cuál era la psicología femenina, y que mantenía respecto al bello sexo una actitud de respeto, que no muchos de sus contemporáneos igualaban. Apreciaba la inteligencia de las féminas, y hubo algunas mujeres que le merecían tal respeto (como su madre, o Calpurnia, por ejemplo) que no tenía ningún reparo en escuchar sus consejos, algo infrecuente, por no decir extraordinario, en la época que nos ocupa.

Por otro lado, tenemos a un César de desarrollada sexualidad, al que le costaba mantenerse fiel a una sola mujer (corporalmente, pues tan sólo en una ocasión entregó su corazón, y fue a su esposa Cornelia), que sabía mantener la cabeza fría e, incluso, servirse de ellas, del mismo modo que era perfectamente consciente de que muchas féminas se intentaban aprovechar de él.

En resumidas cuentas, fue un hombre de gran magnetismo, del que debía resultar duro estar enamorada de él, a la par que maravilloso, en una sensación agridulce irresistible. De todas formas, como la noche sigue al día, como el río desemboca en el mar, debía resultar inevitable enamorarse de Cayo Julio César, y las afortunadas que en algún momento vieron cómo posaba su atención en ellas, debieron sentirse tan reconfortadas como por el Sol que calienta nuestras vidas.

Yo, al menos, así me habría sentido.

 

Notas:

[1] Hay algunas otras teorías, como la de Plutarco, que afirman que no fue Mario quien nombró a César flamen dialis, sino que éste se presentó a las elecciones y Sila impidió que resultara elegido, o bien no llegó a ostentar tal cargo por estar casado con una plebeya (Cossutia). A mi entender dicha teoría no se sostiene por varios motivos, el primero porque los flamines no se elegían por votación como el Pontifex Maximus, sino que eran designados por cooptación. El segundo porque dichas pretensiones por parte de César casarían muy mal con cualquier tipo de aspiración política, pues dicho cargo religioso, de carácter vitalicio, vedaba, por toda una serie de restricciones que comportaba, cualquier tipo de progreso en la vida política y, mucho menos, en la militar, mientras que de César siempre se ha comentado su ambición en dicho terreno, parece mucho más razonable pensar en un César que acepta el cargo, forzado por las circunstancias. En tercer lugar, si la mano de Mario no hubiera estado presente, si Mario no hubiera velado por su sobrino, ¿qué razones tendría Sila para dirigirse contra un joven César, recién salido de la pubertad, impidiendo dicho nombramiento?. Por lo que respecta a la teoría de que Cayo Julio no resultó elegido por estar casado con una plebeya (¡y del ordo equester, nada menos!), no me parece en modo alguno sostenible, dado el profundo conocimiento de la legislación romana que siempre demostró tener Cayo Julio: de haber sido ello cierto, simplemente no se habría presentado, o se habría divorciado de Cossutia antes de presentarse. De todas formas, es un alivio ver que incluso Plutarco, mucho más cercano, -temporalmente hablando-, a César que yo, tuvo serios problemas para desentrañar los primeros años de vida de mi Cayito. (NOTA DE CAESARIS)

[2] No negaré que Plutarco en la “Vida de Bruto” cambia completamente dicho relato para recoger esta anécdota, si bien creo que lo hizo para dotar de mayor dramatismo a la narración (al igual que decir que la puñalada de Marco Junio le fue propinada en la ingle: completamente teatral). Suetonio, por su parte, tras narrar cómo había acaecido el inmundo crimen, sí recogió que “algunos” decían que César había pronunciado tales palabras, al ver cómo Bruto le apuñalaba, si bien ese “algunos” es francamente revelador de cuál era la auténtica opinión de Suetonio al respecto, pues supone un distanciamiento frente a tal creencia popular, hasta el punto de no querer acoger como propia dicha tesis. (NOTA DE CAESARIS)

[3] Otras versiones dicen que se ocultó enrollada dentro de una alfombra, lo cual, si bien queda mucho más fascinante, seductor y “peliculero” (es mucho más atractivo ser desenrollada grácilmente que “salir del saco”, para qué engañarnos), no creo que se ajustara a la realidad, no sólo por el mayor peligro de asfixia, sino porque era más fácil que pies y cabeza quedaran a la vista (bastaba con mirar el interior de uno u otro extremo de la alfombra enrollada para ver una cabeza o unos pies), mientras que un saco anudado vedaba la visión de su contenido. Además, el hecho de ocultarse en una alfombra plantea otros problemas físicos, pues o bien la estatura de Cleopatra hubiera sido tan diminuta que César difícilmente la habría visto, o bien Apolodoro –único sirviente que portaba el bulto, no lo olvidemos- era más fuerte que “El Increíble Hulk”, porque una alfombra de las dimensiones suficientes como para envolver a una persona, aunque sea bajita, ya sería de por sí sola bastante pesada, según los materiales de confección de la época, a lo que habría que añadir el peso de la propia Cleopatra. (NOTA DE CAESARIS)

[4] Habrá que esperar varias generaciones para que algunos componentes de la dinastía Caludia-Julia –artificialmente prolongada, todo sea dicho- cometan aberraciones tales como el concubinato con hermanas de sangre (Calígula, por ejemplo) o con vestales (Nerón, para ser más precisos). Obviando, claro está, otras muchas aberraciones que también cometieron. (NOTA DE CAESARIS)

[5] Personalmente creo que Aurelia sobrevivió a su hijo (¡pobre mujer, ver cómo mueren tu hijo y tu nieta es contra natura!), pues no consta en ninguna fuente que César pronunciara un elogio fúnebre en memoria de su madre, o que, como en el caso de Julia Minor, celebrase algún acto conmemorativo, cosa que sin duda alguna habría hecho, dado lo unidos que estaban y el amor que profesaba por su madre, siendo además, un rasgo de carácter de César la fidelidad que siempre profesó hacia aquellos a quienes estimaba. (NOTA DE CAESARIS)

[6] El matrimonio “cum manu” (así se llamaba el que se contraía mediante la confaerratio) comportaba, como una consecuencia más, que el patrimonio de las esposa pasaba a manos del marido, cosa del todo lógica si tenemos en cuenta que ella ya estaba bajo su potestas. (NOTA DE CAESARIS)

Copyrigth by Caesaris Puella 2002

Se puede acceder por

Este es el sistema de noticias de la web de Se puede acceder por.

Sociedad High IQ para hispanohablantes.Percentil 97%.130 IQ(sd=16).

Suscríbete

RSS | Atom

Contacto

Contactar

Albergado en:blogdiario.com Un servicio de HispaVista Contador gratis contadorplus.com