¿Está la Biblia traducida a todos los idiomas?

¿Está la Biblia traducida a todos los idiomas? En realidad hay más idiomas en los que no está disponible completa que en los que sí. De los 6.900 lenguajes que se cree que hay en el mundo (aunque las cifras varían entre 5.000 y 7.000), la Biblia ha sido traducida realmente de forma completa o parcial a unos 2.400, sin duda los más hablados. Pero más de mil millones de personas hablan otros 1.600 idiomas a los que todavía se está traduciendo la Biblia, tarea que no se ha completado. Los estudiosos creen que convendría traducirla también a otros 2.500 idiomas adicionales, hablados por unos 270 millones de personas más. De modo que en total la Biblia no está disponible completa en 5.000 idiomas de los casi 7.000 que hay. Comparativamente, el catálogo IKEA, al que a veces se considera un «éxito de distribución editorial» casi comparable, sólo está traducido a 27 idiomas. (Fuente: Wikipedia.)

El Muro

Cuando los corredores de la prueba de Maratón han recorrido unos dos tercios de la prueba sufren un dramático cansancio. Ese monumental obstáculo físico que suele describirse como formidable y de apariencia insalvable suele aparecer alrededor del kilómetro 30 y se conoce como «el muro». La existencia del «muro» tiene que ver con el agotamiento de las reservas de glucógeno de los atletas: las 2.000 kilocalorías que una persona puede almacenar se consumen con el esfuerzo de la primera parte de la prueba. La llegada del «muro» coincide con el momento en el cual el cuerpo pasa al modo «quemar las reservas de grasa» sin que haya otra opción física para poder seguir corriendo más que esa. Quemar grasa requiere más esfuerzo que consumir glucosa, de ahí que sólo los mejor preparados superen «el muro». (Fuente: El muro de los 30 kilometros en maraton.es)

Ramanujan

Enigmático Ramanujan es una breve y preciosa descripción de una de las figuras más misteriosas de las matemáticas, el hindú Srinivasa Ramanujan (1887-1920), quien con su auténtica «mente maravillosa» desarrollaba fórmulas casi imposibles que relacionaban unos números con otros. Una de ellas es sencillamente impresionante y relaciona el número π (que le obsesionaba) con otros números, incluyendo una raíz cuadrada de ocho y una serie con factoriales, potencias y sumas.

Ramanujan

Esta fórmula se utilizó para calcular más de 17 millones de cifras decimales de π hace décadas. Ramanujan decía que la diosa de Namakkal le inspiraba algunas de las fórmulas en sus sueños, y viendo ésta casi parecería realmente la explicación más convincente. ¿Cómo se puede llegar a una fórmula tan bella? Wow.

Del mismo estilo pero de una aparente simplicididad es también la que se suele considerar la fórmula matemática más bella del mundo, una variante de la Fórmula de Euler, que implica a las constantes matemáticas más enigmáticas e importantes, de una forma totalmente inesperada:

ei π + 1 = 0

Riqueza y pobreza

El tres por ciento de los estadounidenses son millonarios, lo cual equivale a unos 8,9 millones de personas de los 300 millones de habitantes que tiene el país. «Millonario» se define como una persona «cuyos bienes y propiedades superan el millón de dólares», pero excluyendo su residencia habitual. Eso no significa necesariamente que tengan un millón de dólares en dinero contante y sonante, sino más bien a la suma de dinero, inversiones en bolsa, propiedades, terrenos, muebles, coches y otras cosas que sean de su propiedad. Hay nada más y nada menos que 262.000 millonarios en el condado de Los Ángeles y curiosamente el cuarenta por ciento de los senadores son millonarios. Comparativamente, el trece por ciento de los estadounidenses, unos 40 millones de personas, no supera el umbral de pobreza, y entre ellos se calcula que puede haber entre 200.000 y 750.000 personas sin techo. (Fuente: U.S. keeps minting millionaires en MarketWatch, Ask Yahoo y Wikipedia).

30 curiosidades

Sabias que...

1.- Es imposible chuparse el codo.

2.- La Coca Cola era originalmente verde.

3.- Se puede hacer que una vaca suba escaleras pero no que las baje.

4.- American Airlines ahorró U$ 40.000 en 1987 tan solo eliminando una aceituna de cada ensalada que sirvió en primera clase.

5.- El porcentaje del territorio de África que es salvaje: 28%. El porcentaje del territorio de Norteamérica que es salvaje: 38%.


6.- El graznido de un pato (cuac, cuac) no hace eco y nadie sabe por qué.

7.- Cada rey de las cartas representa a un gran rey de la historia: Espadas, el rey David. Tréboles, Alejandro Magno. Corazones, Carlomagno. Diamantes, Julio César.

8.- Multiplicando 111.111.111 x 111.111.111 obtienes 12.345.678.987.654.321.

9.- Si una estatua en el parque de una persona a caballo tiene dos patas en el aire, la persona murió en combate, si el caballo tiene una de las patas frontales en el aire, la persona murió de heridas recibidas en combate, si el caballo tiene las cuatro patas en el suelo, la persona murió de causas naturales.

10.-Según la ley, las carreteras interestatales en Estados Unidos requieren que una milla de cada cinco sea recta. Estas secciones son útiles como pistas de aterrizaje en casos de emergencia y de guerra.

11.-El nombre Jeep viene de la abreviación del ejército americano "General Purpose Vehicle", o sea "G.P." pronunciado en inglés.

12.- El Pentágono tiene el doble de baños de los necesarios. Cuando se construyó, la ley requería de un baño para negros y otro para blancos.

13.- Es imposible estornudar con los ojos abiertos.

14.- Los diestros viven en promedio nueve años más que los zurdos.

15.- La cucaracha puede vivir nueve días sin su cabeza, antes de morir de hambre.

16.- Los elefantes son los únicos animales de la creación que no pueden saltar.

17.-Una persona común ríe aproximadamente 15 veces por día (deberíamos mejorar eso).

18.- Los mosquitos tienen dientes.

19.- Thomas Alva Edison temía a la oscuridad.

20.- Miguel de Cervantes Saavedra y William Shakespeare son considerados los más grandes exponentes de la literatura hispana e inglesa respectivamente; ambos murieron el 23 de abril de 1616.

21.- Se tardaron 22 siglos en calcular la distancia entre la Tierra y el Sol (149.400.000 Km.). Lo hubiésemos sabido muchísimo antes si a alguien se le hubiese ocurrido multiplicar por 1.000.000.000 la altura de la pirámide de Keops en Giza, construida 30 siglos antes de Cristo.

22.- La palabra "cementerio" proviene del griego koimetirion que significa dormitorio.

23.- En la antigua Inglaterra la gente no podía tener sexo sin contar con el consentimiento del Rey (a menos que se tratara de un miembro de la familia real). Cuando la gente quería tener un hijo debían solicitar un permiso al monarca, quien les entregaba una placa que debían colgar afuera de su puerta mientras tenían relaciones. La placa decía "Fornication Under Consent of the King" (F.U.C.K.). Ese es el origen de tan famosa palabrita.

24.- Durante la guerra de secesión, cuando regresaban las tropas a sus cuarteles sin tener ninguna baja, ponían en una gran pizarra "0 Killed" (cero muertos). De ahí proviene la expresión "O.K." para decir que todo está bien.

25.- En los conventos, durante la lectura de las Sagradas Escrituras al referirse a San José, decían siempre "Pater Putatibus" y por simplificar "P.P.". Así nació el llamar "Pepe" a los José.

26.- En el Nuevo Testamento en el libro de San Mateo dice que "Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que un rico entre al Reino de los Cielos". El problemita es que San Jerónimo, el traductor del texto, interpretó la palabra "Kamelos" como camello, cuando en realidad en griego "Kamelos" es aquella soga gruesa con la que se amarran los barcos a los muelles. En definitiva el sentido de la frase es el mismo pero ¿cuál les parece más coherente?

27.- Cuando los conquistadores ingleses llegaron a Australia, se asombraron al ver unos extraños animales que daban saltos increíbles. Inmediatamente llamaron a un nativo (los indígenas australianos eran extremadamente pacíficos) y les intentaron preguntar mediante señas. Al notar que el indio siempre decía "Kan Ghu Ru" adoptaron el vocablo ingles "kangaroo" (canguro). Los lingüistas determinaron tiempo después el significado, el cual era muy claro, los indígenas querían decir "No le entiendo".

28.- El nombre de la zona de México conocida como Yucatán viene de la conquista cuando un español le pregunto a un indígena como llamaban ellos a ese lugar. El indio le dijo "yucatán". Lo que el español no sabía era que le estaba contestando "no soy de aquí".

29.- La ensaladilla rusa en R
usia se le llama ensaladilla Americana

30.- EL 72% de quienes leen este texto intentaran chuparse el codo.

Las mujeres de Cesar

CÉSAR Y LAS MUJERES

Por Caesaris Puella

 

Dedicado a mi legatus José I. Lago y a Cayo Julio César, por supuesto.

 

-INTRODUCCIÓN- 

César político, César militar, César escritor, César orador, César ingeniero, César jurista... César seductor; son múltiples las facetas que han contribuido a erigir el mito de este hombre único e inigualable, de personalidad compleja e inabarcable, que causó una impronta tal mientras sus caligae pisaron el agger romanus, que los ecos de su existencia resuenan aún en nuestros días, como si sus actos fueran la piedra que se hace rebotar en el agua, y las repercusiones de los mismos, las ondas que llegan a la orilla, a una costa de más de dos mil años de distancia.

leg_escult_cesar_colleen_01.jpg (16238 bytes) Por Colleen McCullough

Es, precisamente, esta distancia espacio-temporal, la que dificulta acercarnos al hombre, pues la escasez y dispersión de las fuentes, y la intervención de terceras personas que, a lo largo de la Historia, han abordado la figura, moldeándola, mitificándola (o desprestigiándola), según la conveniencia y los intereses particulares de cada uno, han supuesto un obstáculo casi insalvable para poder conocer al auténtico Cayo Julio César al desnudo (¡lástima que sea

Ya tan sólo queda un punto por abordar, de la espinosa relación de César y Servilia que imagino que tú, curioso lector, ya te estarás preguntando; esto es, ¿realmente fue Marco Junio Bruto hijo ilegítimo de César? La contestación, a mi entender, no puede ser más clara y rotunda: NO. Marco Junio Bruto era el hijo legítimo del primer matrimonio de Servilia con Marco Junio Bruto, pater, y los bulos que se divulgaron respecto a la supuesta paternidad de César no fueron más que burlas, típicas del irónico sentido del humor romano, que ponían en contraste a dos personas que, no pudiendo ser más opuestas (el hermoso frente al poco agraciado, el derrochador frente al avaro, el valiente y aguerrido, frente al cobarde y tímido...), tenían un nexo común; es más, el comentario malicioso, perjudicaba aún más a Bruto que a César, pues los hijos ilegítimos, en aquella época, no tenían los mismos derechos que los legítimos, consiguiendo con ello la masa popular un resarcimiento: la mácula en la dignitas de Bruto, en contraprestación a su inmensa fortuna, gran parte de la cual se había logrado ilícitamente por sus ancestros, a costa del Erario Público y de muchas y preciadas vidas romanas.

Por un lado tenemos el hecho de que Bruto fue reconocido por su padre sin más problemas (bien es cierto que según el Derecho Civil Romano se presumía que el hijo nacido dentro del matrimonio era hijo del cónyuge varón, pero dicha presunción admitía prueba en contrario, y Marco Junio senior podría haberle repudiado, su potestad como pater familias le autorizaba a ello), aunque tú, querido lector podrías contestarme diciendo que tal vez el pater fue uno de tantos cornudos felices que viven en la ignorancia. A falta de prueba de ADN que pueda demostrar la filiación de Bruto (los romanos eran avanzados, pero no tanto), debemos recurrir a la lógica y a la psicología para poder exculpar a César de haber engendrado a un personaje de esa calaña: Marco Junio Bruto filius nació en el año 85 a.C., cuando César tenía tan sólo 15 años y no era nadie en la esfera política o social romana, simplemente era un adulescentulus de familia tan ilustre como olvidada, con escasos recursos económicos y que vivía en una insula del Subura; teniendo ello presente, y conociendo la ambición de Servilia y su desmedida pasión por la política (como la Carta 15.11 de Cicerón a Ático demuestra), ¿alguien mínimamente razonable creería que una jovencísima Servilia iba a arriesgar un matrimonio tan ventajoso como el que tenía, por una aventura amorosa con un jovenzuelo imberbe del que poco o nada se podía esperar? Marco Junio Bruto pater pertenecía a una familia tan ilustre como podía ser la gens Julia, muy bien considerada porque fue un Bruto quien acabó con la monarquía, poseía una considerable fortuna patrimonial y estaba desempeñando un papel preponderante en el terreno político (otra cosa es que jugara mal sus cartas, se pusiera en el bando equivocado y acabara decapitado). Sinceramente, casaría muy mal con el carácter de Servilia que fijara su atención en alguien que le supusiera un descenso en su escalafón político-social.

Así que, mi querido lector, lamento desilusionarte si te digo que la mítica frase “Tu quoque, filii?” (“¿tú también, hijo mío?”) que supuestamente inquirió César al ser cobardemente apuñalado por Bruto, tiene un origen más mítico que real, siendo un bulo que ha ido corriendo con el tiempo hasta convertirse casi en auto de fe, cuando lo cierto es que ni Plutarco, en la “Vida de César”, ni Suetonio mencionaban dicho comentario, antes al contrario, ambos coincidían en sus relatos al narrar cómo Cayo Julio se cubrió la cabeza y cayó dignamente sin pronunciar palabra alguna.[2]

Y ya que abordamos el tema de los mitos, es hora de que pase a hablar de la macedonia que decía ser egipcia, la “Reina de las Reinas”: Cleopatra VII “Philopator”, hija de Ptolomeo XII “Auletes” (“El flautista”), esposa de Ptolomeo XIII y Ptolomeo XIV, reina de Egipto.

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Mujer ciertamente notable, logró crear un halo de leyenda a su alrededor (de forma plenamente consciente y premeditada) que le permitió alcanzar la tan buscada eternidad (desde el momento en que nuestro recuerdo perdura en la mente de los demás, seguimos viviendo en la memoria); lástima que gran parte de su figura no sea más que una ficción construida por una “sociedad” tripartita: una parte del mito lo creó ella misma, otra parte la aportaron sus detractores (principalmente Octavio Augusto, el mayor propagandista de la Historia Antigua) y, la tercera, la crearon los románticos incurables.

Pues has de saber, estimado lector, que la relación entre Cayo Julio César y Cleopatra pudo estar regida por muchos factores, pero jamás por el amor; la atracción, la seducción, jugaron papeles relevantes, sobre todo en los inicios, pero el elemento decisivo y fundamental que vino a unirlos fue, sin duda alguna, la política.

Cuando César convocó a finales del año 48 a.C. a Ptolomeo XIII y a Cleopatra VII para que se presentaran a su presencia en Alejandría (con anterioridad Cleopatra había huido de la ciudad –según la versión oficial prestada por el artero Potino, consejero de su hermano-esposo, había sido desterrada-, pues temía –no sin fundamento- seriamente por su vida), poco podía imaginar que en las sombras de la noche, y escondida dentro de un saco para guardar ropa de cama, cuan larga era[3] (lo cual nos da una idea de la escasa altura que debía tener, por no decir, sin tapujo alguno, que era una pitufa), se le presentaría una joven de veinte años, bonita, culta, sumamente inteligente y muy, muy ambiciosa. Desde luego, para mi Cayito, aquella muchacha debió ser como un regalo de los dioses, pues le permitía tomar el control de Egipto para Roma de una manera relativamente sencilla y, desde luego, mucho más divertida que con una anexión militar en toda regla, amén que después de tantos años de batallas y tensiones, la chispeante Cleopatra, tan segura de sí misma y tan dispuesta a hacer cualquier cosa por lograr el poder, suponía un soplo de aire fresco.

Cleopatra era considerablemente agraciada, pero no hasta extremos sobrehumanos; Plutarco decía de ella que “su belleza no era en sí misma tan extraordinaria como para que ninguna otra se le pudiera comparar”, y Dión Casio que “en su mejor época” (¡toma puñalada!, con lo mal que nos sienta a las mujeres –o al menos a mí- lo de envejecer) era considerablemente atractiva, es decir que era una mujer bonita, pero no tan bella como pudiera serlo Octavia, por ejemplo, que fue la mujer más hermosa de su época (eso sí, más sosa que un huevo sin sal); sencillamente, a lo largo de los años, el bulo de su belleza se ha ido exagerando, como en la historia del “Sastrecillo Valiente” –que pasó de matar siete moscas de un golpe, a siete gigantes-, principalmente por aquellas personas tan simplistas que son incapaces de concebir que alguien, principalmente una mujer, pueda resultar irresistiblemente seductor, como no sea poseyendo una belleza extraordinaria.

Las principales armas de Cleopatra no estaban en su juventud o en un físico más o menos agraciado, sino en su interior: volviendo a Dión Casio, éste reseñaba de ella que  poseía una voz encantadora y tenía el arte de ganarse la simpatía de la gente, y Apiano, de entre todas sus cualidades, destacaba su ingenio; poseía una poderosa imaginación (hay que reconocer que la jugada de presentarse ante Marco Antonio en una lujosa galera, con remos de plata y bellísimas remeras desnudas, vistiendo ella como Venus es, sencillamente, magistral), una mente brillante y, al parecer, tenía mucha facilidad con los idiomas (posiblemente hablara seis lenguas –ahora muertas- a la perfección), amén de un conocimiento de las artes cosméticas digna de la mejor de las egipcias (cosa que, paradójicamente, ella no era). Eran muchas las cualidades de la Macedónica, pero César no la amaba; se acostó con ella (¡como para dejar pasar semejante oportunidad!), se entretuvo, pero siempre teniendo muy presente qué era lo que ella buscaba, a saber, el poder político, y convirtiéndola en el cazador cazado, pues fue Cleopatra la que acabó sirviendo a los fines de Cayo Julio.

Egipto era estratégicamente de vital importancia, tanto por su ubicación geográfica y su preponderancia comercial, como por las riquezas del país, especialmente las naturales: era el granero de Roma, y la Urbe no podía permitirse un Egipto débil, sometido a las personas equivocadas o en plena guerra civil, pues ello supondría un corte en el suministro de las provisiones y una interrupción del comercio que traerían como efecto rebote graves disturbios en la Ciudad Eterna. Ya con anterioridad el Senado y el Pueblo de Roma, representados por la figura de Gabinio, se habían visto obligados a intervenir para restituir a Ptolomeo XII “Auletes” (papá de la niña) en el trono, pues había sido destituido por sus dos hijas mayores (ya se sabe, “cría cuervos...”), pero ahora -por el año 48 a.C.-, menos que nunca, podía una debilitada Roma, quebrada por una lucha interna entre quirites (que todavía no se había acabado de dirimir), permitirse un situación caótica en Egipto. Ya era hora de que el Jinete Romano tomara las riendas del Estado Egipcio. Y Cleopatra se lo puso en bandeja (añadiendo, de paso, su cuerpo y sus artes amatorias al lote).

Pero Aquilas y Potino, consejeros nominales del hermano-esposo de Cleopatra, y gobernantes de facto del reino (Ptolomeo XIII, que contaba a la sazón con trece años de edad, poseía un carácter muy débil y tenía otras... digamos, preocupaciones), vieron que se les acababa el pastel, con aquella joven –que tanto los detestaba y a la que tan mal habían tratado- que les había ganado por la mano, colocándose en la cama del insigne romano y, por ende, en el trono, y ninguno de ellos estaba dispuesto a conformarse con dicha situación y a abandonar un poder al que le habían tomado un gran cariño. Si a ello unimos el fuerte sentimiento de rechazo que sentían frente al Mundo Romano, la ecuación tan sólo puede dar como resultado la Guerra de Alejandría, que tras varias penurias finalizó en el año 47 a.C. con un César victorioso (cómo no, ¡ay mi Cayito!), un rey muerto, los enemigos eliminados y un nuevo matrimonio entre Cleopatra y su otro hermano pequeño, que adoptó el nombre de Ptolomeo XIV, más que nada para ser creativos. Como podrás ver, paciente lector, dicha guerra muy poco tuvo que ver con el amor.

También se ha hablado mucho de un romántico crucero por el Nilo entre los dos “tortolitos”, lo cual me colma de gracia, porque César, además de otorgarse un merecido homenaje (léase, descanso), se ocupó de visitar los principales enclaves egipcios (de los auténticos de toda la vida, estos sí), para que el pueblo se fuera haciendo a la idea y conociera cuál era su nuevo “amo”: Roma (a lo cual los pobladores de las orillas del Nilo respondieron con bastante pasotismo, pues para ellos muy poca diferencia había entre un gobernante extranjero u otro gobernante extranjero. –Como comprenderás, amable lector, un macedonio tiene tanto parecido con un egipcio como un hipopótamo con un caballo-). Y así se marchó César, dejando a la parejita tranquilamente instalada en el trono (si bien, el hecho de haber sido él quien allí los había situado hacía que la autoridad real recayera en él), el lictus de Cleopatra caliente y las provisiones de Roma aseguradas. No era el momento oportuno para anexionar Egipto como Provincia del Imperio, pero con dicha solución la situación se asemejaba bastante.

Buena prueba de la nula mella que la Ptolemaica había hecho en el corazón de mi Cayito la tenemos en lo acaecido meses después, cuando, en plena Guerra de África, tuvo un sonado romance con la reina Eunoe de Mauritania, de belleza proverbial, y ello mientras una Cleopatra recién estrenada en la maternidad se tiraba de los pelos de su peluca egipcia –era una gran observadora de las costumbres del pueblo sobre el que gobernaba-, presa de la rabia.

Una vez finalizada la Guerra de África, César sugirió-ordenó a Cleopatra que se reuniera con él en Roma, donde residiría durante dos años, hasta los fatídicos idus de marzo, pues tras esa nefasta fecha se fue a golpes de remo hasta su país, donde esperaría a ver qué curso tomaban los acontecimientos. Entonces, tú, amigo lector, me dirás “¡aaaah, se la llevó porque la amaba!”. Pues no, se la llevó, porque tener a Cleopatra en Roma significaba tener a mano el control de Egipto, y la Macedónica no se dio ni cuenta, movida por la ambición y los castillos de naipes que se había formado, en los que ya se veía como gobernante de todo el Mundo Conocido, colocando a Caesarion, ese conato de jugada maestra, en una posición preponderante, ¿quién sabe? Tal vez habría nuevamente un rex en Roma, César ya iba teniendo una edad... ¿podría ella llegar a ser la regente?. Muchos eran los sueños de Cleopatra, siempre regidos por su mentalidad oriental, y poniendo de relieve su escaso olfato político, reincidiendo al apostar por Marco Antonio, y precipitando, en definitiva, el fin de un Egipto independiente.

Es cierto que el populus creía que Cayo Julio estaba hechizado por la Macedónica (muy típico del romano medio desconfiar de la mentalidad oriental), pero ello se debió más que nada a las ganas que tenía César, -quien ya estaba a vueltas de todo-, de escandalizar, lo cual supuso un error de cálculo que, junto con su clemencia, acabaría por pasarle factura, pues su relación con Cleopatra suponía una peligrosa cercanía con la monarquía que sus detractores se ocuparon de reseñar.

Pero la verdad es que César seguía haciendo su vida normal y, salvo alguna que otra visita o festejo, para tenerla entretenida, seguía durmiendo con Calpurnia todas las noches (Plutarco es bien preciso a la hora de decir que acostumbraban a dormir juntos), y en ningún momento mostró deseo o intención de divorciarse de ella. ¿Es esa la conducta de un hombre locamente enamorado? Sólo tú, que tan amablemente estás leyendo estas líneas, tienes la respuesta.

A mí tan sólo me resta un cabo por atar en este entramado, y es, evidentemente, Caesarion, el supuesto hijo de César. Y digo supuesto porque, francamente, no creo que fuera suyo, y el mismo Cayo Julio tenía serias dudas acerca de su paternidad. Es innegable que, biológicamente, existe la posibilidad de que el vástago de Cleopatra fuera engendrado por mi Cayito, pues César la debió conocer por primera vez, en todos los sentidos –incluido el bíblico-, a finales del año 48 a.C., y Caesarion nació a mediados del año siguiente (esto es, el año 47 a.C., aunque ya sé que no haría falta que te lo recordara, instruido lector). Pero que exista una posibilidad no significa que exista una REALIDAD. ¿Se me quiere hacer creer que Cayo Julio César, que en 35 años no había tenido descendencia, pese a su intensa vida bajo sábanas, iba ahora a caer, con una mujer extranjera, a la que a penas conocía y que ni siquiera era su esposa? Además, Cleopatra distaba mucho de ser una virgen vestal, baste ver el modo en que se presentó ante el divino Julio, poniéndose “manos a la obra” esa misma noche (sé que César era irresistible, pero una jovencita inexperta e inocente tal vez se habría demorado algo más, no sé, hasta la mañana siguiente, cuando menos), vivía en una sociedad que ya hacía años que se regodeaba en todo tipo de placeres, ocupando los de Venus y Dionisos un lugar preponderante entre ellos; todo lo cual me hace dudar seriamente de que, durante los meses que mi Cayito estuvo con ella, Cleopatra se le reservara en exclusiva, máxime teniendo en cuenta que había una dura y peligrosa guerra de por medio, que también le robaba sus horas (César era divino, pero a mí no me consta que pudiera duplicarse o tuviera el don de la omnisciencia).

Pero para mí el dato más revelador, el claro indicativo de que Cayo Julio César no era el padre de Caesarion, por mucha identidad nominal que haya, reside en el hecho de que César jamás reconoció al niño como hijo suyo. El nombre de Caesarion se lo puso la propia Cleopatra, que había dado a luz “en ausencia del padre” (jua, jua, jua), contraviniendo además, con ello, las leyes civiles romanas, porque tan sólo un cives romanus podía tener un nomen romanus, y tan sólo el pater familias daba a sus heredes dicho nomen. El reconocimiento de Caesarion como sui filius presentaba muchos impedimentos legales, es cierto, pero no eran insalvables: en primer lugar César debería haber otorgado la ciudadanía romana tanto a la madre como al niño (la ciudadanía del nacido fuera del matrimonio tan sólo se adquiría de la madre que tuviera la condición de ciudadana romana en el momento del parto), lo cual no era en absoluto descabellado, toda vez que perfectamente se les podía reputar como extranjeros ilustres, amén de que Cayo Julio tenía la potestas y la auctoritas para hacerlo; después debería haberlo reconocido como propio o, si no quería restringir parte de sus derechos por ser ilegítimo -en tanto extramatrimonial-, podría haberlo adoptado e instituirlo como heredero suyo. Complejo, no lo niego, pero absolutamente encuadrado en la legalidad, y completamente factible para un padre amantísimo que, para más inri, no tenía otra descendencia.

Pero no, en lugar de eso, César prefirió no reconocer a su vástago, a carne de su carne, y nombrar como heredero y sucesor a Cayo Octaviano, su sobrino-nieto (o tal vez simplemente su sobrino, tengo mis dudas, porque en latín el sobrino y el nieto se designaban con idéntico término jurídico: nepos), debiendo recurrir para ello a unas artimañas jurídicas que se salían por completo de la práctica legal y usual. Pues has de saber, sufrido lector, que hasta aquel momento jamás se había contemplado la posibilidad de efectuar una adopción testamentaria y, por ende, post mortem, ya que la adopción requería un complicado ceremonial, y más en el caso que nos ocupa, en que se estaba adoptando un sui iuris, toda vez que la “adrogatio” (el término “adoptio” se reservaba para el caso de los alieni iuris) suponía una ceremonia en la que debían estar presentes ambas partes (lo cual implica que debían estar vivas, claro está) ante treinta lictores representantes de las treinta curias, y el adrogante (Cayo Julio, en este caso), debía ser mayor de sesenta años (tenía cincuenta y seis cuando murió) y no tener hijos propios (ésa sí la cumplía, ¡mira tú, una de cuatro!). Evidentemente Cayo Octavio no tuvo ningún inconveniente en considerarse adoptado, e intentó convalidar el acto mediante una especie de “adrogatio” póstuma, pero lo cierto es que ello era tan ajeno al Derecho Romano, que dicha invención juliana tan sólo se practicó a principios del Imperio, y más con la finalidad de designar un sucesor político que de nombrar un auténtico heredero.

En resumidas cuentas: César no reconoció a Caesarion porque no quiso, porque no creyó en ningún momento que fuera hijo suyo, y dada la plena confianza que siempre me ha merecido su criterio, ello supone para mí la prueba definitiva de que Caesarion no fue concebido por el divino Julio. Ahora bien, tú tienes la última palabra, sufrido lector.

2) FAMILIARES Y “ASEMEJADAS” 

Una vez cerrado el capítulo dedicado a las relaciones más íntimas de Julio César se hace preciso abordar el tema de las mujeres que, si bien no tuvieron el privilegio de probar sus artes amatorias, formaron parte de su vida y teniendo, además, un papel destacado en ella (¡quién lo iba a decir de César!, ¿eh?), aún a riesgo de cansar tu atención, paciente lector, que si has llegado hasta aquí ya has obtenido las monedas para que Caronte (esperemos que en un tiempo muy, muy lejano) te permita subir a su bote, y te lleve sin ningún reparo a los Campos Elíseos (donde podrás entrevistarte con César y comprobar hasta qué punto mi disertación estaba bien encaminada).

Seis eran las vírgenes vestales que constituyeron parte del entorno familiar de Cayo Julio una vez que este asumió el cargo de Pontifex Maximus. Dichas sacerdotisas debían prestar su servicio a la diosa Vesta durante treinta años mediante la realización de una serie de labores y rituales (el principal de ellos, la preservación del Fuego Sagrado, que jamás podía apagarse) que no eran excesivamente duros, y conservar su virginidad durante todo el tiempo que estuvieran dedicadas a Vesta (sin comentarios), plazo que, una vez transcurrido, les permitía reincorporarse a la vida civil, e, incluso, casarse, si así lo deseaban. Para reemplazar las bajas y mantener siempre el número sagrado de seis componentes, se realizaba un sistema de selección denominado captio, en virtud del cual el Pontifex Maximus seleccionaba, de un grupo de veinte, la candidata o candidatas idóneas, que debían cumplir una serie de requisitos, a saber, tener una edad comprendida entre los 6 y 10 años (perfecto modo de asegurarse su virginidad, pues las puellas romanas no eran tan precoces), estar exentas de cualquier imperfección física (básicamente para que los padres no intentaran colarle a la divina Vesta aquellas hijas que no había manera de “colocar” a hombre casadero alguno), y que sus progenitores estuvieran vivos.

Pero no era ésa la única relación que tenía el Pontifex Maximus con tan insignes dominas: las vestales, cierto es, se emancipaban de la potestad paterna en cuanto adquirían dicha condición, pero no eran plenamente sui iuris, pues gran parte de dicha potestas era asumida por el Pontifex, al que se ligaban con bodas simbólicas. Siendo esto así, resulta del todo lógico que la residencia de las vestales estuviera ciertamente próxima a la morada del que era su tutor y, aunque hoy día deviene una labor harto compleja conocer cuál era la configuración exacta de la Regia en tiempos de la República, parece que formaba todo un conjunto arquitectónico en el que ambos edificios estaban anexos, con una comunicación interna desde la residencia de las vestales a la Domus Publica.

Así que, estimado lector, te pido que hagas un pequeño esfuerzo (sí, otro más), e intentes imaginar cómo debía sentirse César al entrar en su hogar (a partir del año 63 a. C., se entiende) y encontrarse con su madre, su esposa, su hija (hasta que se casó con Pompeyo) y seis féminas más, entrando y saliendo, y mortalmente aburridas (pues sus ocupaciones no les robaban demasiado tiempo, y tampoco podían tener otras diversiones “galantes” con las que entretenerse)... desde luego, es innegable la maestría de Cayo Julio, pues no cualquiera hubiera logrado mantener el orden y la paz en una situación análoga.

Y otra conclusión que podemos extraer de su relación con las vestales es que el bello Julio tampoco era el sátiro que se nos ha querido hacer creer, toda vez que siempre supo guardar la forma y la compostura con todas ellas, dejando su mentula a buen resguardo bajo su túnica; aunque quizá la pena que llevaba aparejada la violación del deber de castidad (la sacerdotisa vulneradora debía ser enterrada viva en el Campus Sceleratus del Quirinal y su cómplice en el concubinato debía ser fustigado hasta morir en el Comicio), le sirvió de poderoso estimulante para mantener la mente y el cuerpo fríos.

Las componentes femeninas de la gens Julia, son el otro grupo de mujeres que, sin compartir el tálamo con él [4], resultaron decisivas en la vida de Cayo Julio César, como Julia, su tía paterna en tanto hija de Cayo Julio César y Marcia, de la gens de los Marcii Reges, descendientes del célebre rey romano Anco Marcio, y esposa del inigualable pater patriae Cayo Mario, quien con esta unión pasaba de ser un simple homo novus a relacionarse con una de las familias patricias de más alta alcurnia, consiguiendo con ello el meteórico despegue de su carrera política (que culminó con siete consulados).

En el desvelo de Cayo Mario por preservar la indemnidad del joven César, -muy superior al que podría tener por un pariente político sin más, máxime teniendo un hijo propio en la palestra política por el que preocuparse-, se intuye claramente la mano de Julia, quien sentía un profundo cariño por su extraordinario sobrino, derivado, sin duda alguna, de una relación estrecha, lo cual nos hace pensar que Cayo Julio, en su infancia, pasó muchas horas junto a sus tíos. Además, del actuar del viejo Mario también podemos colegir que sentía afecto por su esposa, hasta el punto de hacer también suyos sus afectos, en un caso más de convergencia de amor e intereses políticos.

Por ello resultaría ciertamente simplista considerar sin más que el elogio fúnebre de Julia que César pronunció en el año 70 a.C. (el primero, pues desgraciadamente habría de seguirle otro ese mismo año, como ya sabes, atento lector) obedecía a fines meramente propagandísticos y electoralistas. El no dejar pasar la oportunidad de darse a conocer al pueblo, de recordarle cuáles eran sus orígenes y la necesidad de no dejarse dominar por la casta conservadurista optimate, no significa que Cayo Julio no profesara un sincero y gran amor por su tía, a la que quiso honrar con su discurso (el hecho de que no fuera insólito realizar un elogio fúnebre de una matrona romana, no significa que fuera algo habitual, de uso diario), cuyo tono, amén de brillante, fue ciertamente emotivo, lo cual constituye una buena prueba de los sentimientos que albergaba el divino Julio en su interior.

Un lugar preponderante en el corazón de César lo ocupa Julia, a la que denominaremos Julia Minor o Julilla, para abreviar y diferenciarla de su tía-abuela, su hija, el retoño de su adorada Cornelia.

leg_muj_julia_minor_100.jpg (14473 bytes) Por Colleen McCullough

De proverbial belleza, era la “niña de los ojos” de César, quien la quería con locura (tal vez evocando en ella una parte del gran amor que había sentido por su fallecida madre).

Prácticamente criada por su abuela Aurelia, -pues su madre había fallecido cuando Julilla tan sólo contaba siete años de edad-, fue una joven muy discreta, dulce y cariñosa, que supo ganarse el corazón de quienes la conocían. Y en Julia Minor, una vez más, toma forma un matrimonio en principio concertado por fines políticos que desembocó en una gran pasión; efectivamente, son muchos los que, en un gesto de ceguera aguda, le han querido reprochar a Cayo Julio que entregara a su hija en matrimonio a Pompeyo, mirando tan sólo por sus intereses, obviando que Pompeyo era uno de los mejores partidos de Roma, ya que poseía una inmensa fortuna, ocupaba un papel de primera línea en la vida político-social de la Urbe, -donde se le tenía por todo un héroe y un genio militar-, y era uno de los hombres más atractivos y anhelados de la Ciudad Eterna (tal vez su belleza fuera más basta que la de mi Cayito, pero también causaba sensación).

Los matrimonios concertados eran la moneda de cambio habitual en la Roma Republicana, donde los contrayentes que se unían meramente por amor eran tan escasos como el ave fénix, principalmente porque era el pater familias quien tenía el poder de decisión de con quién se casaban sus vástagos. Con dicho enlace, César le proporcionaba a su hija lo mejor que podía obtener (no me negarás, querido lector, que Julilla resultó beneficiada con la ruptura de su anterior compromiso matrimonial con un miembro del nefasto clan de los Servilios Cepiones –ricos, pero carentes de cualquier otra cualidad- para contraer nupcias con el Magno), y lo cierto es que acertó, pues Cneo Pompeyo y su hija, a pesar de los 23 años de edad que les separaban, se enamoraron perdidamente el uno del otro, en una afortunada y estable unión conyugal. Felicidad matrimonial ampliamente acreditada con un desafortunado hecho acaecido en al año 54 a.C., a saber, la muerte de Julilla durante el parto de su primogénito (que también le sobrevivió escasos días), que, como relata Plutarco, dejó sumidos en un profundo dolor tanto al yerno como al suegro, quienes ni tan siquiera pudieron sobrellevar juntos tan trágico acontecimiento, al mediar entre ambos muchas millas romanas de distancia.

Efectivamente, César recibió tan trágica noticia mientras se hallaba de campaña en las Galias, aunando a su preocupación por un incierto futuro en la vida pública de Roma, la enorme congoja de perder a la luz de sus ojos, su hija, la heredera, junto con su yerno Pompeyo (indiscutiblemente en agradecimiento a la felicidad que proporcionaba a su hija, pues bien podría haber instituido heredero a algún miembro masculino de su propia gens), de todo por lo que había estado trabajando durante tantos años. Todos los acontecimientos posteriores, que tú, querido lector, tan bien conoces, tuvieron a Cayo Julio muy preocupado, dejando tal vez apartado en un rincón de su espíritu el dolor padecido, pero la herida seguía abierta, César jamás superó la pérdida de su hija, de ahí que al regresar a Roma en el año 46 a.C., tras celebrar los correspondientes y merecidos triunfos, organizara unos sonados combates de gladiadores (confiriéndoles el primitivo sentido que los etruscos les habían otorgado a dichos ludus) y naumaquias (recreación de batallas navales) en honor de su hija fallecida, a la que no había podido honrar con un elogio fúnebre.

Y ya por último, pero no por ello menos importante, está la figura de Aurelia, madre de César, hija de Lucio Aurelio Cota y Rutilia, cuya efigie siempre estuvo presente, si bien en la sombra, en los actos de Cayo Julio. Criada en el seno de una familia con gran “pedigree” político, los Aurelios Cota, se destacó por su sabiduría y aguda visión política, así como por su discreción, dignas de una gran matrona romana.

leg_muj_aurelia_100.jpg (13123 bytes) Por Colleen McCullough

Si las referencias hacia otras mujeres involucradas en la vida de César son escuetas, en el caso de Aurelia llegan a su mínima expresión, lo cual demuestra hasta qué punto esta dignísima dama quiso pasar por la vida sin figurar, cediendo todo el protagonismo a su hijo (tan es así, que, por no conocer, ni tan siquiera sabemos cuándo murió[5]); con todo, de las breves referencias sobre su persona, podemos perfectamente hacernos una idea de cómo fue esta extraordinaria mujer que puso al inigualable Cayo Julio sobre la faz de la tierra.

Aurelia entró a formar parte de la gens Julia de pleno derecho, al contraer matrimonio con otro patricio, pues el matrimonio se contraía mediante el ceremonial de la confaerratio, lo cual significaba que la esposa pasaba a estar sujeta a la potestas del marido (si éste era sui iuris, sino se sometía a la potestas del pater familias del marido), y, por medio de una ficción jurídica, pasaba a tener una relación de parentesco con éste, como si fuera la hija de su propio esposo, y la hermana agnada de sus hijos. Ya de este matrimonio con Cayo Julio César pater podemos extraer una importante lectura, en primer lugar, que debió tratarse de uno de los escasos supuestos en que los contrayentes se unieron por amor, y que Aurelia poseía una valor, una determinación y una seguridad en sí misma ciertamente notables; hay que tener en cuenta que la mater de mi Cayito pertenecía a una acomodada familia patricia que tenía un papel muy activo en la vida política de Roma (de hecho, Lucio Aurelio Cota desempeñó el cargo de cónsul el año en que murió, esto es, el 118 a.C., y para ello, como ya sabes, distinguido lector, hacía falta tener un peculium -sestercios contantes y sonantes, vaya- considerable y unas buenas relaciones políticas), y sin embargo consintió en irse a vivir a una insula (que, por muy confortable que fuera jamás podría tener parangón con una lujosa domus patricia), y nada menos que en el Subura, -barrio que no estaba habitado por el “todo Roma”, precisamente, y que podía llegar a ser francamente peligroso, especialmente de noche-, para vivir con un hombre de una familia ilustre pero que parecía en decadencia, y dejando todo su patrimonio en sus manos [6]. Forzosamente debía haber amor en dicha unión, que tan sólo se rompió por la tenebrosa mano de la muerte.

Y tras este trágico suceso nos volvemos a encontrar con una Aurelia luchadora y fuerte que, aún habiendo enviudado, logró sacar adelante a su familia ella sola (jamás volvió a casarse), velando principalmente por el futuro de su hijo, con los extraordinarios resultados por todos conocidos. El valor de esta incomparable mujer saldrá a relucir en otras ocasiones, como cuando intercedió por su hijo ante el tiránico (en el sentido peyorativo del término) Sila, en la cima del poder y del terror, pues ya había empezado con su sistema de proscripciones y ejecuciones, actuando tan inteligentemente que consiguió salvar la vida de César.

La inteligencia y la sensatez fueron otras de las muchas cualidades de Aurelia, la cual se revistió de una áurea de auctoritas que sus contemporáneos le reconocían. Baste ver el episodio del escándalo de la Bona Dea, por ejemplo, y su rauda actuación tras ser sorprendido Clodio, asumiendo el mando pese a que había otras muchas ilustres matronas romanas con ella. Auctoritas que le reconocía su propio hijo, quien siempre la tuvo muy presente en su corazón, y tenía muy en cuenta sus consejos y opiniones. Una vez más es en Plutarco donde encontramos un pasaje que nos permite averiguar hasta qué punto la relación entre madre e hijo era intensa, y cómo Aurelia participaba de los planes políticos de Cayo Julio, cuando éste partió hacia los Comicios la mañana en la que debía elegirse el Pontifex Maximus. César se había jugado el todo por el todo, había apostado muy fuerte y se había endeudado hasta las cejas y más allá para lograr dicho cargo, al que se presentaban algunos de los “pesos pesados” de la Urbe como Metelo Isáurico o Catulo, de ahí que Aurelia, angustiada y con lágrimas en los ojos, saliera a despedirse de su hijo; éste la abrazó, y le dijo “madre, hoy verás a tu hijo Pontifex Maximus o desterrado” (a causa de las deudas, se entiende). Las muestras de afecto eran algo que los romanos de la época Republicana se reservaban para su vida privada, eran muy comedidos en público, y sin embargo, en un momento tan tenso, ni Cayo Julio ni su madre tuvieron reparo alguno en abrazarse, buena prueba del amor que se profesaban, y la preocupación que tenían el uno por el otro.

Pero donde más y mejor podemos conocer a Aurelia es en la personalidad de su propio retoño, pues no hay duda que la educación y el ejemplo que recibimos de nuestros progenitores marca a fuego bajo la piel nuestra forma de ser. Y Aurelia enseñó a César a mostrarse siempre clemente y magnánimo, a ser generoso, a ser dulce en el trato y fiel a sus amigos, a ser tolerante, a estar orgulloso de su gens y a luchar por sus metas. Definitivamente, Aurelia debió ser una gran mujer.

 

-EPÍLOGO-

¡Alégrate, héroe troyano, pues tu periplo ha alcanzado su fin!. Si has sido capaz de llegar hasta aquí, te doy mi más profundo agradecimiento por tu paciencia y constancia, y te pido disculpas si en “algunos” (¡vaya eufemismo!) apartados me he extendido en exceso, pero se trata de un tema que me apasiona, y quería compartirlo contigo.

Llegados a este punto, tan sólo me resta hacer una breve (esta vez lo prometo) recapitulación de la relación de Cayo Julio César con las mujeres, relación teñida de muchas facetas positivas, aunque también alguna negativa.

Por un lado, tenemos a un Cayo Julio cariñoso, dulce y seductor, que sabía perfectamente cómo ganarse su afecto, es decir, que era un hombre altamente perspicaz que conocía a la perfección cuál era la psicología femenina, y que mantenía respecto al bello sexo una actitud de respeto, que no muchos de sus contemporáneos igualaban. Apreciaba la inteligencia de las féminas, y hubo algunas mujeres que le merecían tal respeto (como su madre, o Calpurnia, por ejemplo) que no tenía ningún reparo en escuchar sus consejos, algo infrecuente, por no decir extraordinario, en la época que nos ocupa.

Por otro lado, tenemos a un César de desarrollada sexualidad, al que le costaba mantenerse fiel a una sola mujer (corporalmente, pues tan sólo en una ocasión entregó su corazón, y fue a su esposa Cornelia), que sabía mantener la cabeza fría e, incluso, servirse de ellas, del mismo modo que era perfectamente consciente de que muchas féminas se intentaban aprovechar de él.

En resumidas cuentas, fue un hombre de gran magnetismo, del que debía resultar duro estar enamorada de él, a la par que maravilloso, en una sensación agridulce irresistible. De todas formas, como la noche sigue al día, como el río desemboca en el mar, debía resultar inevitable enamorarse de Cayo Julio César, y las afortunadas que en algún momento vieron cómo posaba su atención en ellas, debieron sentirse tan reconfortadas como por el Sol que calienta nuestras vidas.

Yo, al menos, así me habría sentido.

 

Notas:

[1] Hay algunas otras teorías, como la de Plutarco, que afirman que no fue Mario quien nombró a César flamen dialis, sino que éste se presentó a las elecciones y Sila impidió que resultara elegido, o bien no llegó a ostentar tal cargo por estar casado con una plebeya (Cossutia). A mi entender dicha teoría no se sostiene por varios motivos, el primero porque los flamines no se elegían por votación como el Pontifex Maximus, sino que eran designados por cooptación. El segundo porque dichas pretensiones por parte de César casarían muy mal con cualquier tipo de aspiración política, pues dicho cargo religioso, de carácter vitalicio, vedaba, por toda una serie de restricciones que comportaba, cualquier tipo de progreso en la vida política y, mucho menos, en la militar, mientras que de César siempre se ha comentado su ambición en dicho terreno, parece mucho más razonable pensar en un César que acepta el cargo, forzado por las circunstancias. En tercer lugar, si la mano de Mario no hubiera estado presente, si Mario no hubiera velado por su sobrino, ¿qué razones tendría Sila para dirigirse contra un joven César, recién salido de la pubertad, impidiendo dicho nombramiento?. Por lo que respecta a la teoría de que Cayo Julio no resultó elegido por estar casado con una plebeya (¡y del ordo equester, nada menos!), no me parece en modo alguno sostenible, dado el profundo conocimiento de la legislación romana que siempre demostró tener Cayo Julio: de haber sido ello cierto, simplemente no se habría presentado, o se habría divorciado de Cossutia antes de presentarse. De todas formas, es un alivio ver que incluso Plutarco, mucho más cercano, -temporalmente hablando-, a César que yo, tuvo serios problemas para desentrañar los primeros años de vida de mi Cayito. (NOTA DE CAESARIS)

[2] No negaré que Plutarco en la “Vida de Bruto” cambia completamente dicho relato para recoger esta anécdota, si bien creo que lo hizo para dotar de mayor dramatismo a la narración (al igual que decir que la puñalada de Marco Junio le fue propinada en la ingle: completamente teatral). Suetonio, por su parte, tras narrar cómo había acaecido el inmundo crimen, sí recogió que “algunos” decían que César había pronunciado tales palabras, al ver cómo Bruto le apuñalaba, si bien ese “algunos” es francamente revelador de cuál era la auténtica opinión de Suetonio al respecto, pues supone un distanciamiento frente a tal creencia popular, hasta el punto de no querer acoger como propia dicha tesis. (NOTA DE CAESARIS)

[3] Otras versiones dicen que se ocultó enrollada dentro de una alfombra, lo cual, si bien queda mucho más fascinante, seductor y “peliculero” (es mucho más atractivo ser desenrollada grácilmente que “salir del saco”, para qué engañarnos), no creo que se ajustara a la realidad, no sólo por el mayor peligro de asfixia, sino porque era más fácil que pies y cabeza quedaran a la vista (bastaba con mirar el interior de uno u otro extremo de la alfombra enrollada para ver una cabeza o unos pies), mientras que un saco anudado vedaba la visión de su contenido. Además, el hecho de ocultarse en una alfombra plantea otros problemas físicos, pues o bien la estatura de Cleopatra hubiera sido tan diminuta que César difícilmente la habría visto, o bien Apolodoro –único sirviente que portaba el bulto, no lo olvidemos- era más fuerte que “El Increíble Hulk”, porque una alfombra de las dimensiones suficientes como para envolver a una persona, aunque sea bajita, ya sería de por sí sola bastante pesada, según los materiales de confección de la época, a lo que habría que añadir el peso de la propia Cleopatra. (NOTA DE CAESARIS)

[4] Habrá que esperar varias generaciones para que algunos componentes de la dinastía Caludia-Julia –artificialmente prolongada, todo sea dicho- cometan aberraciones tales como el concubinato con hermanas de sangre (Calígula, por ejemplo) o con vestales (Nerón, para ser más precisos). Obviando, claro está, otras muchas aberraciones que también cometieron. (NOTA DE CAESARIS)

[5] Personalmente creo que Aurelia sobrevivió a su hijo (¡pobre mujer, ver cómo mueren tu hijo y tu nieta es contra natura!), pues no consta en ninguna fuente que César pronunciara un elogio fúnebre en memoria de su madre, o que, como en el caso de Julia Minor, celebrase algún acto conmemorativo, cosa que sin duda alguna habría hecho, dado lo unidos que estaban y el amor que profesaba por su madre, siendo además, un rasgo de carácter de César la fidelidad que siempre profesó hacia aquellos a quienes estimaba. (NOTA DE CAESARIS)

[6] El matrimonio “cum manu” (así se llamaba el que se contraía mediante la confaerratio) comportaba, como una consecuencia más, que el patrimonio de las esposa pasaba a manos del marido, cosa del todo lógica si tenemos en cuenta que ella ya estaba bajo su potestas. (NOTA DE CAESARIS)

Copyrigth by Caesaris Puella 2002

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